Trabajadoras del sexo virtual

Hace algunos días, el Ministerio de Salud de la Nación informó a la población que, entre los cuidados contra el coronavirus, recomendaba practicar sexo virtual. Los chistes no tardaron en circular en Twitter, y sin embargo esta modalidad lleva vigente largo rato y es una forma de vida para muchas trabajadoras sexuales virtuales.

Un día hace dos años, A. se enteró de la existencia de un sitio web que vendía contenidos eróticos alternativos. Se encontró con chicas que tenían cuerpos diversos, tatuados, con piercings, posando como diosas, majestuosas, orgullosas. Empezó a indagar en los perfiles de las modelos, a conocerlas. Después de hablar con algunas de ellas, sus miedos sucumbieron y se animó a registrarse en la plataforma virtual.

B. tenía una amiga que modelaba lencería. Un día le preguntó cuánto le pagaban por su trabajo. Ella, a su vez, la puso en contacto con otra chica que también estaba en el negocio del sexting y las cámaras hot. Comenzó a pensarse a ella misma en el lugar de modelo.

En el caso de C., un fotógrafo le escribió ofreciéndole hacer un set. Ella lo tenía de vista: una amiga, Juli, había trabajado con él, creando unas fotos que la habían fascinado. Le preguntó a Juli cómo había sido su experiencia. Decidió aceptar la propuesta.

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En las redes sociales que utilizamos cotidianamente, además de circular fotografías de viajes, perritos y gente sin imperfecciones faciales, se desarrollan diferentes actividades: emprendimientos, cuentas de reseñas culturales, fandoms e, incluso, redes de venta de contenido erótico gestionados por mujeres. Entrevistamos a tres trabajadoras sexuales que narraron en primera persona cómo implementan sus cuentas de Instagram para conseguir clientes.

«Al principio, por prejuicios tontos, me chocaba admitir que soy una trabajadora sexual, y lo soy, ¡lo somos! Virtual, pero lo somos porque lucramos con nuestra sexualidad, con nuestra intimidad. Soy una adulta responsable y sé perfectamente lo que hago, no me da pudor y ahora no siento prejuicio alguno por tener un trabajo no convencional. El problema es del otro».

– Testimonio de A.

¿Cómo funciona?

Los contenidos sexuales que se comercializan a través de plataformas como Instagram, Twitter, Snapchat o Whatsapp suelen ser variados. Fotografías y videos, profesionales o amateurs, sexting (chat con tono erótico) y videollamadas son algunas de las formas que adopta el intercambio. Una dinámica que también abunda en Internet es la live cam: allí vemos a una chica posando o masturbándose frente a la pantalla mientras que el cliente suele describir qué quiere ver mediante un chat.

En el mercado independiente, los precios de su material son definidos por ellas de acuerdo a las ganancias que quieran obtener y con la variable del tipo de contenido que ofrezcan. Según explicaron C. y B., cuando venden de forma independiente logran una rentabilidad mayor que haciéndolo a través de plataformas, como Suicide Girls y Bad Girls 8, que les retienen un porcentaje en concepto de intermediación entre clientes y ellas.

En cuanto al proceso de venta, es similar en los tres casos: hacen fotos de forma casera (amateur) o sets/packs de varias imágenes con fotógrafos profesionales, las difunden a través de Instagram, Twitter o en las páginas que tercerizan sus contenidos y luego recepcionan la transferencia monetaria del cliente en cuentas de MercadoPago o en tarjetas bancarias.

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Problemáticas de la virtualidad

Ninguna de las tres trabajadoras entrevistadas logra vivir enteramente de las ganancias que consiguen en la web. Además del modelaje erótico, se desempeñan en empleos convencionales: manicuría, peluquería, community manager, recepcionistas o niñeras. En el caso de B., tiene hijos que cuidar y admite que sólo con la venta de packs no le alcanzaría para mantenerlos.

«Tengo mis reglas con los compradores: no comparto datos personales. Saben lo justo y necesario. También pido que no difundan mi contenido porque tengo derecho de imagen. Todos sabemos muy bien que estamos expuestos, porque con tan solo subir una foto de perfil a Facebook ya pertenecemos a Internet».

– Testimonio de A.

En líneas generales, cuando trabajan de forma independiente tienden a implementar algunas reglas con sus compradores: el material que se vende no se puede difundir a otras personas, resguardan su identidad real para evitar que se entrometan en su vida personal y establecen horarios claros para las interacciones.

Las tres entrevistadas aseguran que no han tenido mayores problemas en relación a sus reglas y métodos de trabajo (exceptuando que es habitual que Instagram borre sus cuentas por identificarlas como contenido no apto para la comunidad). En el caso de C., comenta que, luego de una mala experiencia que tuvo, alertó al resto de sus compañeras sobre el comportamiento de un cliente:

«Creo que hay que educar al público para que comprenda que esto es un trabajo y que, si bien se trata de un tema que es tabú para muchas personas, no por eso no hay que respetarlo. Una sola vez un cliente se propasó. Estaba medio obsesionado conmigo, me mandaba todos los días poemas. Me encontró en mi Facebook personal, y me agregó en Google+, no sé si no me habrá visto hasta en LinkedIn. Cuando me llega su solicitud de amistad, le digo: “Mirá, me parece que no estás entendiendo que esta es mi vida privada y no me siento cómoda con lo que estás haciendo”. Yo sabía que el chico no era de Buenos Aires, era de otra provincia. Lo que hice fue bloquearlo y lo comenté en el grupo de colegas de trabajo para que estuvieran al tanto. Después no pasó más nada».

– Testimonio de C.

¿Qué regulación existe en Argentina sobre la pornografía?

El regreso a la democracia en 1983, con Raúl Alfonsín, consiguió que se eliminara el Ente de Calificación Cinematográfica en Argentina. El organismo se encargaba de regular qué películas podían distribuirse y cuáles no. En este sentido, esto significó un avance en materia de libertad de expresión: muchos contenidos habían sido prohibidos por abordar temas vinculados a sexualidad.

Como en otros países, la pornografía en las normativas tiene un comportamiento ambiguo. Por un lado, existen al menos tres leyes que son claves para identificar cuándo se incurre en delito:

  • Ley 25.087: ley de delitos contra la integridad sexual, que penaliza la producción, difusión y comercialización de pornografía infantil.
  • Ley 26.364: prevención y sanción de la trata de personas. En el caso de que hubiese una red de trata de personas de por medio, explotando contra su voluntad a mayores de 18 años.
  • Ley 27.436: para penalizar la tenencia de pornografía infantil.

Entendemos, entonces, que la pornografía es legal en la medida en que no se encuentra expresamente prohibida en la legislación argentina. Sin embargo, la ambigüedad reside en que la actividad se mantiene en un estado de clandestinidad que no tiene en cuenta disposiciones que regulen su comercio, dibujen los límites claros y otorguen garantías a sus trabajadoras.

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Para concluir, todavía resulta importante plantear en el debate público que la sexualidad abarca más que un coito heterosexual con penetración. Como lo han dejado en claro diversos autores que investigan sobre ESI, un abordaje integral sobre este temática debe contemplar, también, las prácticas sexuales que tienen lugar en Internet. Asimismo, la libertad de expresión conlleva mayores responsabilidades y, frente a la desactualización de la ley de medios, quizás sería útil reabrir el diálogo sobre la pornografía como género -e industria- que demanda regulaciones estatales.


Esta nota fue escrita en base a tres entrevistas realizadas vía WhatsApp a fines del año 2019. Los nombres reales de las entrevistadas no son publicados para resguardar su seguridad.


Fuentes consultadas

 

 

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