Día de la Tierra: no es una celebración

El 22 de abril de 1970, más de 20 millones de personas salieron a las calles en Estados Unidos para reclamar por la creciente contaminación que veían en sus ciudades. Hoy, 50 años después, conmemoramos este día en nuestros hogares debido a la pandemia. Pero eso no significa que no podamos actuar y exigir nuevas políticas ambientales. El Día de la Tierra es una oportunidad para conectar con la naturaleza que nos rodea y comprender hasta qué punto estamos dañándola.


¿Por qué se conmemora y no se celebra? 

Lo cierto es que hay poco para celebrar. Los efectos del cambio climático afectan hoy a todo el mundo. El aumento de las temperaturas, las inundaciones y las sequías, sin mencionar los desastres naturales agravados, vienen causado desplazamientos y muertes desde el año 2008.

En una evaluación llevada a cabo por la Organización Mundial de la Salud (OMS) que tiene en cuenta solo algunas de las posibles repercusiones sanitarias y que asume un crecimiento económico y progresos sanitarios continuados, se concluyó que según las previsiones, el cambio climático causará anualmente unas 250.000 defunciones adicionales entre 2030 y 2050: 38.000 por exposición de personas ancianas al calor; 48.000 por diarrea; 60.000 por malaria; y 95.000 por desnutrición infantil.

Tan solo este año ya vimos los incendios destructores en Australia y la deforestación sin descanso en el Amazonas. En Argentina, la región patagónica sufrió el aumento de su temperaturas medias y causó una aceleración en el deshielo. Por otra parte, en la región de Cuyo, las precipitaciones son cada vez menores lo que deja a las ciudades en una posición difícil para abastecerse de agua potable.

Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el calentamiento global dejó en 2018 dos millones de desplazados, 49.000 millones de dólares en pérdidas, 1600 muertos por incendios forestales y aumento del hambre por sequías. En total, casi 62 millones de personas estuvieron expuestas a peligros naturales por esta problemática mundial.

Cabe destacar, además, que los desastres climáticos acentúan las desigualdades de género. Según ONU Mujeres, a menudo las mujeres y las niñas son las últimas en comer o en ser rescatadas, se enfrentan a mayores riesgos de salud y seguridad cuando los sistemas de agua y saneamiento se ven comprometidos y asumen una mayor carga de trabajo doméstico y de cuidado cuando deja de haber recursos.

Muchas mujeres son responsables de conseguir el agua, el combustible y la comida. Por lo tanto, en una sequía se enfrentarían a kilómetros de caminata para conseguir agua. Además, son las más vulnerables frente a la violencia, ya que los pocos recursos disponibles y la posibilidad de acceder a ellos refuerzan las estructuras de poder desiguales entre hombres y mujeres. No solo eso, sino que también son «presa fácil» para la trata de blancas. Los traficantes buscan mujeres y niñas indefensas y ellas lo están aun más luego de una catástrofe climática

¿Qué hacer?

Cuando la vida normal se reanude luego del coronavirus, debemos ser capaces de exigir políticas públicas ambientales que eviten que el maltrato de la flora y la fauna del planeta continúe. A su vez, las acciones individuales como separar los residuos, reducir el uso de plásticos de un solo uso y reutilizar hacen una gran diferencia. Estos cambios en la cotidianeidad no son fáciles y muchas veces son inaccesibles para algunas personas, por lo que debemos encarar este desafío ambiental desde nuestro lugar, con los recursos que tengamos.

El cambio climático es la mayor amenaza a la que nos hemos enfrentado los humanos y lo triste es que somos responsables directos de él. La vorágine productiva que desencadenó la revolución industrial y la impunidad con la que extraemos recursos naturales son parte de las causas de esta crisis ambiental.

La aparición del nuevo coronavirus SARS-COV-2 causó que la mayoría de las actividades se detuvieran de manera abrupta. Sin embargo, esta disminución parcial de la contaminación no es un «respiro para el planeta», como se dice en las redes sociales. Las actividades contaminantes volverán con toda su fuerza cuando termine la cuarentena y hasta hay sectores que nunca se detuvieron. Y, por si fuera poco, Greenpeace Argentina denunció que continúan los desmontes en el norte del país a pesar de la cuarentena.

La crisis actual causada por la pandemia y la crisis que viene desde 1970 han formado un combo que puede ser catastrófico para la humanidad. Incluso, uno es causa del otro: el COVID-19 surgió como consecuencia de la deforestación extrema y la caza indiscriminada de especies silvestres.

Los científicos vienen hace más de 10 años estudiando las enfermedades zoonóticas (que se transmiten de animales a humanos) y han llegado a la conclusión de que están estrechamente ligadas a la destrucción de los ecosistemas. Es por ello que la sociedad entera debe reclamar políticas ambientales efectivas e inmediatas a los municipios y gobiernos para evitar que estas catástrofes se vuelvan constantes.


Fuentes:

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