De cigarrillos y flores

– Argentinian cigarettes already?

      – Oh, yes. They are cheaper.

Es un antro pintoresco de Barracas en el cual no seremos bienvenidos nunca más.
Pero aún no lo sabemos. Acabamos de llegar. No solo al antro.
En el caso de él, también al país, desde su Francia natal.
Viaja desde hace años y el idioma castellano sigue sonando entre sus labios como un balbuceo de infante. Lo entiende. Pero no lo puede hablar.
El idioma francés, entre mis labios, jamas logró un lugar.
En mi recuerdo hay paredes rojas y algún que otro vitral. Una especie de entrepiso, o galería. Vacía.
En el fondo, la cocina, y desde allí hasta donde estamos, una sucesión de livings.
Vacíos también.
Nosotros dos y nuestras citas somos las únicas cuatro personas consumiendo una cantidad de comida y alcohol que no vamos a pagar.
Pero eso tampoco lo sabemos todavía.
Sobre la mesa ratona, el atado de cigarrillos. Me doy cuenta que es de Argentina porque sus leyendas amenazantes están en castellano.
«Fumar causa adicción».
Tiene muchos amigos en la ciudad. Los conozco y no me agradan. Aun así a menudo me sorprendo tomando jugo de durazno en sus vinerías, llenas de ellos. Ellos mirándose, ellos hablándose, escuchándose, bebiendo el producto de sus propios viñedos.
Ellos, entre ellos.
Me sorprendo en sus terrazas, viéndolos bailar canciones pop con letras en francés, arrojándose glitter, mientras el veintiúnico argentino presente me cuenta que estudia cine y me afirma con rigor científico que lo bello del fílmico es el tiempo y la paciencia que demanda trabajarlo.
Claro. Por supuesto.
Mi amigo francés va y viene entre continentes cuatro o cinco veces por año. Se queda en Navidad, Año Nuevo, cumpleaños. No le importa. Parece estar más allá.
Él dice que somos amigos y yo le creo. Pero en alguno de esos viajes, dudo. Desconfío. Él no se esfuerza por demostrarlo. Dejamos de vernos.
Después, deja de viajar.
Pasan aproximadamente dos años y muere en un hospital en los suburbios de París, tras «una larga y penosa enfermedad».
Me entero unos días después. Otros tantos tardo en revisar nuestras fotos y videos y en atreverme a releer nuestros chats.
Mientras tanto su novia, que no es francesa y no es argentina, llora abrazada a un arreglo floral. Su dolor parece entrar en pausa cuando recuerda el día en que se lo regaló y él, luego de recibirlo, le dijo:
“Thanks, but we already fucked anyway.”
Me quedo pensando en esa frase. La pienso tanto que llego a oírla con su voz y a verla con sus gestos.
Es cierto. Es exactamente lo que él diría al recibir de regalo un arreglo floral.
Le costaría decir abiertamente que le gusta. Más aún le costaría decir cuánto valora que piensen en él.
Más sencillo le resultaría decir que no le va el romance. Que no le hace falta.
Me quedo pensando.
Resulta que llegué a conocerlo más de lo que creía.
Y es mucho más de lo que yo creía, aquello que nunca dijimos.
Ya es tarde.
Sus restos duermen ahora en algún cementerio en Thais.
Thais queda muy lejos de Barracas.
Si vuelvo ahora a aquel antro pintoresco donde sembramos el escándalo, quizás me dejen entrar. Quizás no se acuerden de mí. Quizás nada sea como yo recuerdo.
Quizás todo haya sido parte de otra dimensión, de esas a las que uno viaja en tiempos difíciles, cuando se vuelve demasiado el dolor.


 

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