¿Qué tienen que ver el feminismo y el ambiente?

Las medidas implementadas para prevenir el COVID-19 frenaron la circulación de personas y parte de la industria, lo que disminuyó la contaminación atmosférica en las grandes ciudades. Se vieron lobos marinos en las calles de Mar del Plata y ciervos en el delta del río Paraná. Sin embargo, mientras el ambiente se beneficia por el aislamiento social, preventivo y obligatorio, a las mujeres y las disidencias nos continúan matando. A simple vista, una relación entre ecología y feminismo parece difícil de dilucidar.

Según los datos de la Casa del Encuentro, 21 mujeres fueron víctimas de femicidio hasta el 16 de abril durante el periodo de aislamiento en Argentina. Cuatro de las víctimas eran niñas y son 29 las hijas y los hijos que se quedaron sin madre. Además, la ministra de Mujeres, Políticas de Género y Diversidad Sexual, Estela Díaz, agregó que también hubo 2 travesticidios durante este periodo.

Por otro lado, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales presentó un informe que muestra una reducción significativa en la contaminación atmosférica en las grandes ciudades del país. El nivel de dióxido de nitrógeno, que es uno de los gases elegidos para medir la calidad del aire, disminuyó durante este periodo.

Lejos estamos de celebrar una suerte de venganza ambiental provocada por la pandemia –a la fecha murieron más de 205 mil personas en el mundo–. El medio ambiente parece tener un respiro mientras la violencia hacia las mujeres y las disidencias persiste y se agrava en situaciones en que las víctimas deben estar encerradas con su abusador. Entonces, ¿cuál es la relación entre la contaminación del ambiente y la violencia machista?

Falta de políticas públicas

La respuesta inmediata es la falta o ineficacia de políticas públicas tanto ambientales como para proteger a las mujeres y a las disidencias sexo-genéricas de toda situación de violencia. También hay una insuficiencia de respuestas estatales que atiendan a los efectos y causas de la crisis ambiental y de la violencia machista de manera estructural.

A pesar de que Argentina se comprometió ante la comunidad internacional a implementar acciones contra el cambio climático en distintas oportunidades –Acuerdo de París, Naciones Unidas, G20–, los temas ambientales no están presentes en la agenda política de la mayoría de los partidos. Tampoco se presenta un planeamiento estatal en relación al impacto de la megaminería, de las petroleras, del monocultivo y de la especulación inmobiliaria.

No se podrán resolver estas problemáticas si no reconocemos que los sectores más vulnerables son los más afectados por las crisis ambientales: quienes viven en condiciones de hacinamiento, quienes no tienen acceso al agua potable, quienes viven en cercanía a riachuelos contaminados, a basurales, a fábricas o a campos que son fumigados con agrotóxicos. Sin embargo, gobierne quien gobierne, el modelo de desarrollo extractivista no se cuestiona y la degradación social e institucional se agudiza.

Por el contrario, las problemáticas de género sí están presentes en la agenda política. A pesar de esto, los protocolos fallan, las instituciones revictimizan, ejercen violencia y los botones antipánico, las perimetrales y las denuncias no impiden los femicidios. En 2019, se produjeron 299 femicidios y al menos 7 travesticidios; 1 de cada 5 mujeres había realizado denuncias previas y más del 67% de los femicidas eran parejas o exparejas.

El sesgo de la responsabilidad individual

A la vez, existe en la sociedad una reducción del problema a la responsabilidad individual: «Salí de ahí, hermana» y «Amiga, date cuenta» son frases que circulan en redes sociales y que refieren a la necesidad de que quienes padecen relaciones violentas lo reconozcan y se alejen de la situación. Estas sugerencias ocultan que desentramar las relaciones de poder patriarcales sustentadas económica, social y culturalmente por cientos de años no es tarea sencilla.

Del mismo modo, hay una invitación constante a un despertar de la conciencia ecológica que recae en el individuo: «Separá los residuos», «Reciclá», «Reutilizá», «Cuidá el agua», «No uses plásticos», «No comas carne». Sin quitarle valor a estas acciones, no alcanza con encarar el cuidado del ambiente desde compromisos aislados cuando 100 empresas son las responsables de la emisión del 70% de los gases que provocan el cambio climático y 51 firmas son las principales contaminantes de la cuenca Matanza-Riachuelo.

Feminismo y ambiente: tienen todo que ver

Es acá donde encontramos los principales puntos de confluencia entre el ecologismo y el feminismo: en el reconocerse como movimientos horizontales y colectivos que comprenden que las problemáticas son complejas, que sus soluciones no pueden ser individuales ni pueden obtenerse sin un rol activo del Estado. Pero al ser el Estado ineficiente en el desarrollo e implementación de políticas públicas, son las agrupaciones las que exigen y proponen respuestas e impulsan proyectos de ley.

Tanto el feminismo como el ecologismo coinciden en la búsqueda de mejoras en la calidad de vida de la sociedad y se plantean un mundo más justo. Sobre todo, discuten los modelos de desarrollo y de explotación vigentes, de las personas y de los recursos naturales. A la vez, estos movimientos deben comprenderse de manera interseccional: deben comprometerse con una perspectiva de derechos humanos y de género y no pueden pensarse sin tener en cuenta las desigualdades económicas existentes y la sociedad racializada en la que vivimos.


Fuentes:


 

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