Evita, la mujer en la política argentina

Artículo colaboración por Ailin Storni


«Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico dentro de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta, y ha muerto la hora de la mujer que asiste atada e impotente a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país».

Discurso del 12 de marzo de 1947

Eva María Duarte, más conocida como Evita entre aquellos que guardan en su corazón su lucha y su herencia, nació un 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, una pequeña ciudad del centro-norte de la provincia de Buenos Aires. A los 15 años, decidió mudarse a la capital para convertirse en actriz, pero su destino era otro.

Desde que comenzó su relación con Juan Domingo Perón, empezó su paso por la política a través del acercamiento con aquellos a los que ella llamaba los más humildes, con esa parte de la ciudadanía que no tenía voz. Sin importar el lugar que ocupara, nunca más se alejó de ellos.

Su juventud, su relación matrimonial, su pasado, su vestimenta, el hecho de ser mujer y ocupar cargos públicos fueron motivo de críticas. Una y otra vez, la oposición lanzó las críticas más duras, pero eso no pareció afectar que ella siguiera trabajando por quienes más lo necesitaban. Así lo hizo mediante la fundación que llevaba su nombre y a través de la cual se crearon hospitales, hogares para adultos mayores y madres solteras, clínicas, escuelas y hasta una Ciudad Infantil. También lo logró con la creación del Partido Peronista Femenino, la organización de mujeres más grande esa época, un espacio para poder debatir y pensar que hasta el momento solo era ocupado por hombres.

Pasaron 101 años desde su nacimiento pero sigue en boca todos como si estuviera presente. Su carrera política duró menos de 10 años pero fueron suficientes para lograr grandes transformaciones en la vida de muches argentines y en especial de las mujeres, ya que fue una de las que más pelearon por lograr el voto femenino y la ampliación de la participación en la política.

«Yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria», sentenció en su último discurso antes de morir. Y así fue: pasó un siglo y aún quedan jóvenes que la recuerdan, que la llevan tatuada en su piel, en estampas en su ropa, y que defienden sus ideales para luchar por la justicia social.


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