¿Qué dice el feminismo sobre la pornografía?

El mundo de la pornografía suscita diferentes debates dentro de los feminismos: ¿qué lugar tiene el cuerpo de la mujer en las representaciones eróticas? ¿El porno educa? ¿Cómo aparecen las sexualidades no heteronormativas? ¿El Estado debe regular la industria o su consumo? (*)

«El porno es un espacio muy subestimado de revoluciones políticas y de producción de imaginarios que nos pueden emancipar de ciertas texturas atomizadas».

Nicolás Cuello en Pernocte

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Hentai, una de las categorías más buscadas: manga/anime con contenido pornográfico.

Según estadísticas del sitio de contenido adulto PornhubArgentina estuvo entre los 20 países que más consumieron pornografía durante 2019. Las categorías más buscadas fueron «argentina», «hentai» y «argentino casero». A nivel mundial, la clasificación «amateur» se encontró entre lo más buscado.

Un trabajo de investigación reciente de la licenciada en Comunicación Social (UNLP) Mercedes Yurec indagó en el consumo de pornografía en jóvenes de La Plata. Luego de varias entrevistas con estudiantes de nivel secundario, concluyó en que debido a la incorrecta implementación de la ley de ESI (Educación Sexual Integral), les adolescentes buscan resolver muchas de sus dudas sobre sexualidad indagando en Internet. Los varones, en sitios de contenido adulto; las chicas prefieren aprender vía Twitter. En este sentido, según Luciana Peker, en el Operativo Aprender 2017, 8 de cada 10 estudiantes pidieron ver contenidos sobre violencias y educación sexual en sus colegios.

«Las investigaciones de Jones (2008), Gubert (2002) y Figari coinciden en concluir que la pornografía cumple un papel “educativo”, sobre todo en adolescentes varones, marcando concomitantemente las posiciones diferenciadas de los géneros, regulando el gusto e, incluso, de alguna manera, fijando determinados modelos erógenos».

De porno sí se habla

«La pornografía es como un elefante. Resulta difícil de definir exactamente, pero se la reconoce en cuanto se la ve».

La palabra deriva del griego «pornográphos», que está vinculado a la prostitución. Sin embargo, la noción del término ha cambiado históricamente. Desde el plano legal, se deben tener en cuenta al menos dos consideraciones:

  • La pornografía infantil no existe. Exponer a menores a situaciones sexuales es abuso sexual de niños, niñas o adolescentes y está penado por ley. Tal como afirmó la Corte Suprema de Mendoza: «Cuando uno afirma pornografía infantil y reflexiona, se da cuenta de que está hablando de una actividad que es imposible que sea lícita. El tema es que la pornografía sí es una actividad lícita, pero no hay forma que cuando involucre a un niño o niña  pueda ser legal».
  • ¿Pornovenganza? No. Hace unos meses, varios medios titularon notas y utilizaron el término «pornovenganza». Sin embargo, esta acepción es errónea porque difundir fotos o videos íntimos sin consentimiento no es pornografía, es un tipo de extorsión. Y también es violencia de género, si se tiene en cuenta que, en Argentina, el 90% de las víctimas son mujeres.

Si bien antaño se consideraban a las representaciones porno como contenidos indecentes, inmorales u obscenos, con la democratización de las tecnologías hacia comienzos del siglo XX y la revolución sexual que inició en los años 60, su consumo y producción se amplió y perdió gran parte de su connotación negativa.

Siguiendo estas ideas, se puede entender a la pornografía como un tipo de discurso que pretende estimular sexualmente a quien la consume a la vez que contiene rasgos estilísticos y narrativos particulares (escenas de penetración, primeros planos de genitales, deshumanización de las personas, etc). Al mismo tiempo, es un tipo de producción cultural que cuenta con actores y actrices que deben otorgar su consentimiento a la hora de grabar.

Abolir la propaganda sexista

Con la democratización del acceso a las TICs y los medios de comunicación, hacia 1980 muchas feministas comenzaron a cuestionar que el porno hacía representaciones de las mujeres sumamente violentas, modelando las expectativas de consumo de los hombres. La frase que mejor sintetiza la corriente proteccionista o antipornógrafa dentro del feminismo suele ser la siguiente: «La pornografía es la teoría, la violación es la práctica».

La filósofa colombiana Nancy Prada Prada explica que un amplio número de feministas heredó, en algún punto, el puritanismo del siglo XIX: «Abogan por la necesidad de defensa ante la sexualidad voraz de los hombres, que ha sido utilizada históricamente como instrumento de dominación». En este sentido, esta postura entiende a la pornografía como sinónimo de peligro y aboga por medidas para frenar su producción y distribución.

«Los hombres creen lo que dice la pornografía, en que las mujeres se resisten y dicen “no” sólo para que los hombres las fuercen y las maltraten más y más. (…) Los hombres creen en la pornografía y no creen a las mujeres que dicen “no”».

– Andrea Dworking

La activista Andrea Dworking y la abogada Catharine MacKinnon son las principales exponentes de la posición antiporno. Ambas crearon un proyecto de ordenanza que se presentó en Minneapolis (Estados Unidos), el cual denunciaba al material erótico como atentado contra los derechos civiles de las mujeres. Al mismo tiempo, la iniciativa planteaba la posibilidad de facilitar compensaciones para quienes se sintieran víctimas de la industria.

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Women Against Pornography (WAP) [Mujeres contra la pornografía].

La normativa finalmente fue vetada pero se tomó como punto de partida para la primera legislación sobre el tema en los tribunales canadienses. Asimismo, los estudios de Dworking y MacKinnon fueron la base para el modelo aplicado para tratar la prostitución en Suecia en 1999.

En la actualidad, algunos de los argumentos que llevaron adelante las activistas antiporno no encuentran demasiado sustento científico: según estudios en India y Estados Unidos,  no se pudo determinar una correlación entre la circulación de material pornográfico y delitos sexuales. En otras investigaciones internacionales, el aumento de pornografía incluso se vinculó con una disminución en el número de crímenes sexuales.

Putitas golosas: las feministas pro-sexo

«La industria del sexo no es ciertamente una utopía feminista, pero simplemente refleja el sexismo imperante en la sociedad en su conjunto».

Quienes se encontraban en desacuerdo con la campaña antipornográfica se agruparon en el grupo FACT (Organización Feminista contra la Censura). El colectivo reconocía la sobreexplotación y la misoginia dentro del contenido para adultos, pero afirmaban que el sexismo y el machismo no son específicos de esa industria, sino que también se pueden ver plasmados en juguetes divididos por género y otros ámbitos sociales. Siguiendo esta línea, apuntaban a cuestionar que el porno no era la causa de la misoginia, sino un síntoma de la sociedad machista que lo produce.

«No basta con alejar a las mujeres del peligro y la opresión; es necesario moverse hacia algo: hacia el placer, la acción, la autodefinición. El feminismo debe aumentar el placer de las mujeres, no sólo disminuir nuestra desgracia».

 Carole S. Vance

Si bien coinciden en que la reiteración de escenas degradantes puede insensibilizar a sus espectadores frente al sufrimiento de las mujeres y debilitar su posición de ciudadanas, el énfasis del planteo prosexo está puesto en la reivindicación del deseo sexual femenino. Rechazaban la visión antiporno porque entendían que no le daba lugar a las voces de las protagonistas: mujeres que consumen material erótico y actrices que eligen trabajar en la industria.

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Erika Lust, directora de porno feminista.

Entre sus exponentes se encuentran Gayle Rubin, Carole S. Vance, Alice Echols y las lesbianas sadomasoquistas, con Pat Califia como figura más reconocida. La legislación dentro de la industria pornográfica para evitar la explotación laboral y la resignificación de la pornografía fueron sus principales propuestas para disputar sentidos dentro del campo de las representaciones sexuales.

«Tener fantasías S/M y tener relaciones consideradas de segunda categoría en una sociedad machista son dos cosas muy diferentes. Las mujeres tienen trabajos peor pagados porque tienen que sobrevivir y esos trabajos son los únicos a su alcance. Una fantasía S/M es una elección hecha entre un abanico de posibles temas eróticos: decir “sí, ama”, complacer a una amante que está contigo no es, desde luego, lo mismo que decir “sí, señor” a tu jefe».

– Pat Califia

La nota continúa la semana que viene, con los debates actuales en torno a la pornografía.


(*) Nota: este artículo está escrito en base a los primeros debates feministas en torno a la pornografía. En este sentido, las autoras mencionadas presentan un prisma de género binario. Dichas discusiones tuvieron lugar hacia finales de los 70 y comienzos de la década del 80, antes de que apareciera en la esfera pública el debate por las identidades no cisgénero.


Fuentes

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