Los transgénicos no paran

La importancia de los negocios antes que la salud parece ser un ejemplo para gran parte de la agronomía. En los campos, las fumigaciones con agrotóxicos continúan. Nosotres tenemos la obligación de mantenernos protegidos en nuestros hogares, pero nuestros alimentos siguen enfermándonos.

Hace unas semanas, organizaciones ambientales, sociales y rurales denunciaron el aumento y el descontrol de fumigaciones en lo que va de la cuarentena. Esto sucede en provincias como Santa Fe, Santiago del Estero, Entre Ríos y Buenos Aires. A les habitantes les fumigan a menos de 50 metros y por aire. 

Les vecines exigen a los municipios que tomen cartas en el asunto y empiecen a cuidar a sus ciudadanes. ¿Será que les gobernantes son parte de este mercado arrasante y especulador? Nos deberíamos replantear el modelo agropecuario para poner la salud de la población en un primer plano. 

En Argentina existe la ley 25.675, ley general del ambiente, la cual impulsa al gobierno a tomar las medidas necesarias para proteger de riesgos en la salud de les ciudadanes y al medioambiente. Aunque fue sancionada en 2002, hasta ahora no vemos avances. Por año, se estima que el uso de agrotóxicos ronda los 500.000 litros, que 3 millones de personas se enferman por agroquímicos y que mueren más de 220 mil. Lo que significa que hay 660 muertes por día, 25 muertes por hora. 

En Misiones, 5 de cada 1000 niñes nacen con problemas en el sistema nervioso por Meliomelingocele. Esta patología aparece cuando la médula espinal no se desarrolla con normalidad. Dado que las probabilidades generales de que nazcan niñes con esa enfermedad es de 1 cada 1000, pareciera que Argentina lleva la delantera. 

Este modelo productivo tiene como base la química. El glifosato es uno de los diferentes fertilizantes usados, pero uno de los más efectivos para destruir nuestros ecosistemas y crear una pérdida inimaginable en nuestra biodiversidad. En 2018, investigadores de la Universidad de la Plata encontraron glifosato en la cuenca del Río Paraná en el tramo argentino, una de las fuentes de provisión de agua para consumo humano.

Las empresas se preocupan únicamente por su negocio, mientras que en la mayoría de los casos sus productos no quedan en el país. Destruyen bosques nativos, dañan nuestros suelos, fumigan viviendas, escuelas, barrios enteros e impulsan el desalojo de les campesines y pueblos originarios.

La crisis global que estamos viviendo beneficia a estas compañías. Sus métodos de publicidad, como, por ejemplo, hacer campañas con el lavado de manos en el día mundial de la salud, regalar alcohol en gel e incluso entregar alimentos transgénicos a comedores, resultan irónicos por la forma en que se contraponen con el perjuicio que nos ocasionan.

Nosotres, como consumidores, tenemos la responsabilidad de debatir qué tipo de modelo queremos para nuestros pueblos y decidir qué tipo de alimentos queremos consumir. Somos actores sociales fundamentales en esta cadena. Debemos ser protagonistas responsables del bienestar común, nuestro y del ambiente. 

El coronavirus nos demostró el consumismo exacerbado que existe en lo ambiental y en la manera en que nos presentamos frente a la naturaleza. Es aquí cuando nos tenemos que replantear nuestra alimentación para mejorar nuestra salud y, desde un cuerpo sano, poder hacerle frente al COVID-19.


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