Paso, punto, caramelo

Cuando la alzó por los aires y sintió las manos del partenaire en sus piernas, el recuerdo se le disparó como una metralleta automática.

Elevó la cabeza para estirar la postura y resolver una perfecta mímica de un pájaro sobre la figura de su compañero. No pudo evitar mirarse en el espejo, su reflejo volando a una altura insuperable mientras que el resto de sus compañeras danzaban en un círculo incesante de giros en media punta. Su cuerpo se elevaba en el centro como el eje de toda la estructura. 

En los ensayos previos, la mentora de actuación había explicado varias pautas para darle interpretación a los movimientos de la danza. No utilizar la memoria corporal de una experiencia real era una. Para eso estudiaban a los personajes de la obra, para eso construirán un alter ego literario. La mentora lo había advertido: la reminiscencia a una situación particular las llevaría por un camino de ida que los tiempos de la coreografía no podrían parar. 

Efectivamente, para ese momento, Camila se estaba yendo. Frente a sus ojos, las secuencias transcurrían como filminas a gran velocidad. Las palmas de su partenaire en su cadera, los dedos firmes y sujetados contra sus muslos eran disparador y cable a tierra al mismo tiempo. 

Camila sabía que el siguiente paso era extender sus brazos para completar la figura mientras la compañía en escena se arrojaba al piso con brazos arqueados. Pero el recuerdo que había empezado como recurso artístico ya se había cristalizado. Se había materializado. 

A través del espejo vio el salón vacío, los parlantes apagados, las luces en un tono más tenue. La falta de ventanas volvía el ambiente pesado y silencioso, alejado de algún rasgo de humanidad. Distinguió en ella misma el cambio al tutú blanco, uno de los primeros que su mamá le había comprado.

Quizás, en retrospectiva, había sido una situación cantada. La barra, las llaves que viraban, la lata de caramelos y los envoltorios dispersos en el suelo. 

Pero ella nunca lo hubiese adivinado. Ni en el peor de los escenarios lo hubiese descifrado. 

Su cuerpo continuaba flotando, firme, en un pedestal de manos frías, grises, de estatua. 

Quizás después de tanto, era momento de ver que el tutú se había ajado, se había vuelto amarillo y ya no le entraba. 

Intentó estirar sus brazos, no hacia los costados como la coreografía lo indicaba, sino hacia adelante, en búsqueda de algún tipo de reacción que durante años no había tenido. Lo más cercano a un manotazo de ahogado, que salvase a su reflejo y que la hiciese despertar de aquella extraña evocación. Escondidos en su mano distinguió un par de caramelos de papel verde y marrón brillante. La sensación de que después de tantos años aún los conservaba se extendió por todo su cuerpo.  

Los miró con atención apoyados sobre su mano pálida y temblorosa. Eran dos. Los restantes que no había comido, porque no le permitían comer más de tres. 

A ninguna chica que quisiera ser bailarina le permitían comer más de tres. 

Y así y todo, él volvía y le ofrecía cada vez más. 

Solo el grito de su compañero la sacudió del trance y la retornó al mundo real. De regreso al estado de conciencia y normalidad, volvió en sí justo para la caída final. 

Las manos pasaron de la cadera, a la cintura, hasta finalmente rodear sus brazos. Camila cayó en puntas de pie, rozó el tutú con sus propias manos y miró al público imaginario frente a ella para sorprender con su gran final. 

Tomo envión. Paso punto paso y se alzó por su cuenta a los aires, sus piernas abiertas en un rústico grand jeté.

Cuando volvió al suelo no paró. No sé detuvo en seco, no se arrojó al suelo para demostrar el monstruoso final del personaje principal, cuyo fatídico destino se interponía en su camino. 

Siguió corriendo, planta sobre el suelo, directo al baño del lugar. Cerró todas las puertas con llave y solo dió un último giro sobre su eje para vomitar.

En su bolso habían quedado las pastillas, pero qué más daba.

Salió del cubículo, se acercó a las piletas dispuestas y solo abrió la canilla para ver el agua pasar. Para verla desaparecer de la cañería.

Escuchó los gritos y el cotilleo que habían rodeado la sala contigua callarse tras la entrada. Se erigió contra el espejo, la espalda esbelta ahora alerta a lo que sucedía del otro lado de la puerta. 

La respiración previa a la emisión de palabras alcanzó para erizarle los pocos pelos del cuerpo. 

—¿Camila, estás ahí? —habló una voz ronca, de tonalidad grave y aparente calma.

No contestó.

—Necesito saber si estás bien —retomó.

Podía oír las palabras penetrar en su cabeza y retumbar en su mente como el eco eterno de un acantilado. La barba actual no quitaba la sensación árida de su quijada y la respiración oleosa que daba en bocanadas. El aliento a café y menta resbalaba por su mejilla a la par de las gotas de sudor posensayos.

Los detalles eran tan vívidos que sus ojos revisaban todos sus flancos, a ver si él no se había escabullido y se había posicionado a su lado. Las sensaciones eran tan presentes que ni su propio reflejo en el espejo era confiable. 

—Tomate tu tiempo, Camila —la mención de su nombre le rebasó la primera lágrima. 

La catarata de llanto que la sucedió no fue suficiente para enfrentar la frase final. Aquella que la disciplinaba y le advertía —sino la amenazaba— que las cosas debían e iban a seguir bajo ese pacto de silencio eterno. Que era su ticket de garantía para conservar su lugar. 

—Cuando quieras, te espero en mi despacho para discutir tu estado en la compañía —sintió la voz volverse sombra y deslizarse dentro por debajo de la puerta—. Tengo caramelos de café y menta.


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