Florence Nithingale y la enfermería, más de un siglo después

Nota de edición:

Los datos testimoniales recopilados en este artículo pertenecen a la historia en ejercicio profesional real de la autora en la ciudad de Buenos Aires.


Dice que estaba en el Office y, de repente, se apagó todo. Que cuando abrió los ojos estaba en una cama. Acostado. Lo sostenían entre varios. Una supervisora intentaba canalizarlo y él, no sabe por qué, peleaba. No la dejaba.

Dice que en la línea de horizonte reconoció a nuestra compañera y que lloraba. Le creo. Yo también hubiese llorado, pero no estaba. Era de noche y dormía en mi casa. Fue un síncope. Algún sábado a la tarde bailamos juntos en ese Office.

Aquella danza fue un hecho aislado en mi ejercicio profesional. También en ese lugar.

—Me haces acordar mucho a mí cuando entré acá —me dijo algún sábado—, pero sos más inteligente. Acordate de esto: no confíes en nadie.

El 12 de mayo es el Día Internacional de la Enfermería, en conmemoración del natalicio de Florence Nithingale. Todavía nos hablan de ella en la facultad. La dama de la lámpara, que rondaba por las noches vigilando la salud de los soldados.

La teoría de Nithingale, dicen y repiten, se centra en el entorno. Incluye en el constructo de «salud» no solo la ausencia de enfermedad, sino la posibilidad de acceder a agua potable, de mantener la higiene y una alimentación saludable. De ver la luz y respirar aire puro. Conceptos que era necesario instalar hace 150 años y que hoy, cada tanto, algún gobierno elige olvidar, aunque ya no sean una novedad.

Nithingale fue la primera en organizar la formación de otras enfermeras y en diseñar un modelo conceptual que luego otras autoras intentaron reelaborar a lo largo de la historia. Son estas reescrituras las que se leen actualmente en la mayoría de las Escuelas de Enfermería de Argentina. Prácticamente todas mantienen intactas las bases del modelo original.

El síncope no fue un hecho aislado. A otro compañero también le ocurrió, estando en un ascensor. Los camilleros lo atajaron y evitaron que se hiciera daño. Dice que lo llevaron al shockroom y que tiene algunos recuerdos, como destellos, en los que ellos tocan todos los botones del multiparamétrico y que tratan de descifrar cómo usar el electro.

No había más personal presente que pudiera hacerlo. Yo también me quebré y retorcí varias veces mientras trabajé en ese lugar. La última vez fue en el subte. Desde que renuncié, nunca más.

Solíamos quedarnos soles a cargo de todo el servicio. Turnos de 7 o hasta de 12 horas. 30 pacientes. No había manera de formular un reclamo en términos razonables: tu superior inmediato, alguna vez en su vida, había atendido a 35. O trabajaba en otro lado y atendía 24 de manera habitual. Con sus pacientes jamás había pasado ninguna fatalidad. No se quejaba. ¿Por qué te quejarías vos?

Solíamos vernos expuestes a toda clase de enfermedades infectocontagiosas, por malos procederes en el diagnóstico, por falta de elementos de protección, o sencillamente, por el desborde. Nadie más que yo, a mi alrededor, parecía notar que eso era un desastre.

Me fui a tiempo. Una compañera no pudo. La fulminó un cáncer antes de cumplir 50 años. Cuando aún vivía, tras conocerse su diagnóstico, ya hablaban en pasado de ella: «Tenía su carácter. A mí lo que me molestaba era que mandaba a las madres a pedir mamaderas a las 3 de la madrugada. Pobrecita, che».

Otra compañera tampoco pudo. Se quedó en cuerpo y en alma y se le rompieron los dos. Se orinaba encima cuando le negaban las horas extras porque necesitaba la plata.

—Cuando entré era una pibita como vos. Así que cuando tengas 50, ya sabes….

—No —la interrumpía, nerviosa—. Ni en pedo.

En otros lugares donde trabajé, la cosa no fue muy diferente. Todes les enfermeres lo sabemos. En Argentina, la enfermería se ejerce así. A costilla de la propia vida. Sin espacios de causa en común, ni con el resto del equipo de salud ni tampoco con los propios colegas.

Cada vez que escucho los aplausos de balcón, me inquieto. Pienso que romantizan mi sufrimiento y el de mis compañeres. Que romantizan nuestras muertes jóvenes y dolorosas.

Nuestras vidas vividas a la defensiva y, en general, solitarias. Nuestras noches sin dormir, nuestros pies hinchados y nuestras lumbalgias. Nuestros feriados y festivos trabajando a cambio de salarios magros y condiciones generales muy precarias.

En la Ciudad de Buenos Aires, les enfermeres no estamos colegiades y el sistema público nos deja afuera de la carrera profesional. El sistema privado nos obliga, por convenio, a atender hasta el triple de pacientes de lo aconsejable.

En ningún lugar del país hay sindicatos que conozcan nuestra problemática específica y peleen por destrabarla. Algunos y algunas asociaciones fingen que sí, pero en el fondo no le interesa a nadie.

Florence Nithingale murió a los 90 años de edad, en 1910. Dicen, repiten, que contrajo tifus mientras trabajaba en la guerra de Crimea.

Ella no tenía sindicatos, ni colegiaturas, ni convenios colectivos de trabajo. Sin embargo, ahí estaba. Noche tras noche, pasando entre las camas de los heridos y enfermos, munida tan solo con una lámpara. La realidad hoy, a más de un siglo de su muerte, no es muy diferente.


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