«Pinkwashing»: de arcoíris y nubes negras

El 17 de mayo de 1990, la comunidad LGBTIAQ+ logró una victoria enorme a nivel internacional: la Organización Mundial de la Salud eliminó de su lista de trastornos mentales a la homosexualidad. Debieron pasar casi 30 años hasta el siguiente gran paso en esa misma línea, cuando en junio de 2018 se modificó la clasificación de la «transexualidad» y esta pasó de considerarse un trastorno a una «condición relacionada con la salud sexual».

Es indiscutible que, poco a poco, el cambio empieza a hacerse ver en la cultura y la sociedad. Las personas LGBTIAQ+ empiezan a aparecer en medios de comunicación y ficciones en todos sus formatos, se legislan nuevas leyes para ampliar el acceso del colectivo a derechos básicos y la bandera arcoíris deja de ser tabú en muchas mesas del mundo. Estamos viviendo un cambio de paradigma en tiempo real, que inevitablemente se ve entrelazado con otros aspectos de esta sociedad que construimos.

Cuando el oportunismo y el capitalismo se cruzan con estas transformaciones sociales, surgen corrientes como el pinkwashing y el purplewashing, que describen el uso político o publicitario de símbolos y movimientos de derechos humanos sin ofrecer apoyo real a los grupos oprimidos ni escuchar sus reclamos concretos. Las instituciones, las empresas y las personas que utilizan estas técnicas buscan ganar la simpatía de esos grupos, mostrar una fachada «progresista» sin bases reales y que, muchas veces, se contradice con las acciones y las decisiones que se toman detrás de escena.

Pinkwashing: que el arcoíris no tape las nubes negras

El término «pinkwashing» (traducible como «lavado de imagen en rosa») surgió en 1992 desde la organización dedicada a la concientización sobre el cáncer de mama Breast Cancer Action (BCA). La BCA denunciaba así el mal uso del famoso lazo rosado que simboliza esa lucha, con motivos meramente comerciales de parte de empresas que solo buscaban posicionarse mejor o vender más productos alineándose de forma ficticia detrás de la causa.

Aplicado a los derechos de la comunidad LGBTIAQ+, los ejemplos de pinkwashing son incontables. Hace apenas unos días, una usuaria de Twitter compartió dos piezas de comunicación de un banco famoso que indicaban: «No importa cómo te define tu DNI. Importa cómo te definís vos». La campaña, publicada en la red social LinkedIn, fue eliminada enseguida.

En tan solo dos oraciones, enterraban una de las batallas más duras que debió librar la comunidad travesti/trans argentina, como si tener un documento necesario para vivir en sociedad que te identifica como alguien que no sos no fuera doloroso e irrespetuoso. Otra usuaria compartió su experiencia con el banco y dejó todavía más en claro el caso de pinkwashing: «Lo más genial de todo esto es que el sistema de Santander no está preparado para que una persona haga cambio de género en el DNI».

#LoveIsLove, la campaña incompleta

La campaña #LoveIsLove nació como una forma de validar las relaciones afectivas no heterosexuales y ganó notoriedad a partir del empuje por la legalización del matrimonio igualitario en distintos países del mundo. La premisa es simple: el amor es amor, sin importar el género de las personas involucradas.

Sin embargo, el capitalismo se encargó muy rápido de vaciarla de contenido real. Como en el caso de las tareas de cuidado, se toma la idea del amor como «fuerza que todo lo puede» y se barren bajo la alfombra las demás problemáticas que rodean a la comunidad. No es casual que la frase «Si ya pueden casarse, ¿qué más quieren?» siempre aparezca cuando se acerca la Marcha del Orgullo. La publicidad antes mencionada lo ejemplifica a la perfección: ¿para qué seguir peleando por ampliar nuestros derechos si lo que importa es lo de adentro?

Una campaña centrada en el amor es ideal para las empresas que quieren ganar clientes de grupos oprimidos sin perder a los clientes de grupos opresores. Cada año, cientos de grandes marcas se pintan de colores y modifican sus logos durante el mes de junio, reconocido internacionalmente como Mes del Orgullo. Sin embargo, se siguen dando casos de violencia contra miembros de la comunidad en sus locales y no se invierte en instrucción con perspectiva de género para sus empleades. Muchas empresas patrocinan las Marchas del Orgullo en distintos países para que sus nombres aparezcan en la foto y a la vez se involucran en el financiamiento de campañas de polítiques abiertamente antiLGBTIAQ+.

«Leyes relacionadas a la orientación sexual en el mundo – 2019». Los países coloreados de azul oscuro son los que cuentan con mayores medidas de protección a la comunidad mientras que los del extremo rojo penalizan con la muerte las relaciones no cisheterosexuales. Fuente: ILGA.

La libertad afectiva no es el único reclamo de la comunidad pero sí es el menos radical. El amor es un valor universal y abstracto que puede generar empatía mucho más rápido porque, al fin y al cabo, es más aceptable la idea de que no elegimos de quién enamorarnos.

Otra es la historia con cuestiones como la libertad sexual y la identidad de género. La sexualidad sigue siendo considerada tabú en gran parte del mundo y las relaciones no cishetero puramente sexuales, por fuera de un vínculo afectivo, son vistas como perversiones y fetiches. La identidad de género sigue siendo erróneamente atada a las corporalidades y se acusa a aquelles que deciden someterse a tratamientos hormonales o cirugías de adecuación de mutilarse el cuerpo.

Asuntos más profundos, como el acceso igualitario a derechos básicos, dependen de la aceptación de lo anterior. Difícilmente se tomará en serio a una persona trans en una entrevista laboral si se la ve como «confundida» o «perversa» por vestirse con ropa del género «incorrecto». Difícilmente podrá continuar sus estudios una persona que es acosada de forma constante por su identidad, su orientación o su presentación.

Más allá de algunas publicidades bonitas, ¿qué hacen las empresas y las organizaciones para combatir estas problemáticas desde sus posiciones? ¿Adaptan sus propias políticas internas, dan trabajo a personas de la comunidad o se visten de colores para vendernos sus productos y se olvidan de nosotres cuando nuestros reclamos no les generan ganancias?


Imagen de portada: edición por Macarena Varicci

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