Tren y circo

Cuando la señora a mi derecha saluda con muchos signos de exclamación y bloquea su celular, me doy cuenta de que mi mirada se desvió totalmente. Y por desviar me refiero a que desde el primer vagón se podían detectar mis ojos mirando su pantalla. No es que lo haga a propósito; es más, me atrevo a decir que ni siquiera es voluntario. Quizás es algún tipo de trastorno cuya cepa central sea leer conversaciones ajenas. 

La señora, bastante más bajita que yo, levanta la cabeza para dedicarme una mirada que desaprueba mi actitud. Yo mantengo la vista hacia adelante, directo a la ventana y no me dejo intimidar aunque claramente me están temblando las patas. 

Aquí no ha pasado nada. 

La oscuridad del exterior me desconcentra y el aburrimiento vuelve a tomar lugar en mi cabeza. Los asientos del tren están llenos, la formación en sí misma está llena y sin embargo no hay lectura alguna para hacer. 

Intento virar mi mirada hacia el hombre que está delante mío, sentado, con su perfil bajo dirigido a su celular. Para mi decepción, ni siquiera hay un título de alguna canción para leer. Solo un juego muy aburrido cuyo nivel no puede pasar. 

Dios, señor, ¿no ve que ahí puede hacer una triple combinación con los caramelos verdes? Preste atención. 

—¿Morena? —escucho una voz preguntar.

—Morena es nombre de perro —Ay no, ahí van mis ojos de nuevo—. No le voy a poner a mi hija un nombre de perro.

Dos mujeres, una más joven que la otra, están sentadas un par de hileras más atrás. No necesito ajustar la vista para ver la gran panza de la que está del lado del pasillo. 

—Mi prima se llama Morena —le responde la otra, algo cortante. Para parecer mayor de 30 años, tiene una vincha con moño demasiado infantil. 

—Con más razón, no le voy a poner Morena —redobla con un tono despectivo. 

Parpadeo un par de veces para relajar la vista. Con una mano me acomodo el auricular derecho, que a esta altura ya está de decoración. Agradezco haber tomado el tren de las 19:20 h. que, a comparación del de las 19:04 h., está mucho más silencioso y calmo. 

—¿Nerea? —la del moño en la cabeza vuelve a preguntar.

—Es literalmente el mismo nombre, Julieta —Oh, con que la jovata tiene nombre. 

—¿Solo porque suenan parecido? —Julieta lo dice relajada, como si no le molestara que su… ¿amiga? le retruque lo que sugiere. 

—Nerea, Morena, es iguaaal —la embarazada responde alargando la a

Alza los brazos para recogerse el pelo y mientras se termina el rudimentario rodete, se abanica con una mano. 

¿Esta señora no va a parir acá, verdad?

—A ver… Vamos a seguir buscando —Julieta levanta el libro que tiene entre las manos. Es finito y alargado. Y, oh qué casualidad, es rosa—. ¿Norma?

No necesito ni esforzar la vista para ver la reacción de la embarazada. 

—¿Cómo le vamos a poner Norma a un bebé?

—¿Qué tiene? —Ay, Julieta. ¡¿Cómo que tiene?!

—¿Y qué, va a nacer con 50 años? —La embarazada tiene un punto. 

Julieta rueda los ojos y suelta un suspiro. 

—¿Y qué nombre le querés poner vos, a ver? —Bueno, Julieta levantó la voz.

La embarazada se la queda mirando. Aprovecho el canon de cabezas que giran hacia ellas para inspeccionar la escena con mucho más detenimiento, sin temor a ser descubierta (de nuevo).

Julieta saca su mano de arriba de la propia de la embarazada y se cruza de brazos, expectante a la respuesta de su… ¿novia?

La embarazada no se queda atrás.

—No sé, a mi vieja le gusta Reina.

Oh, no. No hay ni una sola cosa en esa oración que esté bien. 

Julieta gira. La está fulminando con la mirada. 

—¿Qué? —el monosílabo sale en voz baja pero de manera exasperada, como el susurro con menos intención de ser susurro del mundo.

—Eso, que a mi mamá le gusta Reina —repite con total naturalidad. 

Creo que escuché a Saussure gritar desde el infierno. 

Julieta vuelve a rodar los ojos, esta vez con más intensidad. No dice nada pero la expresión en su rostro es suficiente. La boca en una línea, los cachetes rojos, los ojos serios. 

No necesito escuchar (aunque lo voy a seguir haciendo) para saber qué pasa. 

—¿Qué, Julieta? —la embarazada contraataca, ahora con la ceja levantada. 

—Nada.

—Dale, boluda, te estoy viendo.

—Nada, ya está.

Ay, por Jesús y la Virgen. Julieta, hablá. 

La embarazada le da la espalda —o al menos intenta hacerlo, su panza es gigante— y mira hacia el pasillo. 

Solo es cuestión de minutos hasta que Julieta empiece:

—¿Ni el nombre de tu hija podés elegir sin preguntarle a tu vieja? —Opa, se la dijo. 

—¿Que decís, boluda? —la embarazada se da vuelta abruptamente. 

Que su madre es una metida, señora. No es tan difícil.

—Ah, dale. No me jodas.

Quién hubiese pensado que buscar nombres de bebés podría volverse tan violento. 

—No entiendo qué te molesta, mi vieja quiere estar presente.

—Mejor ni me hagas recordar lo que pasó la última vez que «quiso estar presente».

Sí, Julieta, recordá. El vagón quiere saber. 

—Y sí, si es lo que hacés siempre, te olvidas y ya está.

—Ah, listo. Vos no tenés cara.

Los ojos se me abren como platos, sin querer. La señora bajita que se había enojado porque le observaba el celular se gira levemente para compartirme una mirada. Las dos torcemos la boca y nos alzamos de hombros. 

Já, quién es la chusma ahora, señora. 

Cuando vuelvo la vista, ambas están mirando al frente. Tienen el ceño fruncido y la boca llena de palabras calladas.

Por favor, digan alguna. El vagón quiere escuchar. 

O, bueno, yo. 

Con un pequeño reflejo, distingo en la oscuridad del exterior el paredón antes de llegar a mi estación. 

Agudizo el oído unos segundos más y pongo todas mis fuerzas mentales en que terminen la charla de una vez. 

Me quedan tantas preguntas sin responder. El nombre del bebé, los responsables del bebé, ¡¡la madre!! El tema de la madre… 

¿Justo en este momento deciden quedarse calladas?

Miro por la ventana una vez más y ya estamos entrando a la plaza. Mientras me acerco a la puerta, miro sobre el hombro para ver si vuelven a hablar. Nada. 

Al parecer es algo jodido porque no se dicen ni una palabra.

Finalmente desciendo de la formación, los pies en el andén pero mi cabeza atenta al interior del vagón.

Camino las pocas cuadras hasta mi casa, apurada, pero sin dejar de pensar en la discusión.

Quizás la madre de la embarazada es una arpía. De esas que son pasivoactivas al momento de insultarte.

Quizás es medio facha. 

O, bueno. Quizás simplemente Julieta no confíe en ella. Después de todo, quién confiaría en alguien que le quiere poner Reina a la nieta.

Quizás le podrían poner Isabella. Se hubieran ahorrado toda la discusión del viaje si a alguna de las dos se les hubiese ocurrido ese nombre. 

Gracias al Dios del Entretenimiento Casual, no lo hicieron.


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