Y a vos quién te dijo que yo no sé

Podría haberme contado que le gusta. O que le intriga. Por qué no. Podría haberme preguntado, también, lo que quería preguntarme, sin imponer imágenes. Podría. Pero no. No.

Desde hace un día, por motivos que aún encuentro poco claros, el tipo está perdiendo la capacidad de simbolizar. Entonces, me envía por WhatsApp un video pornográfico: una gallega desnuda en un teatro se masturba, frenética, ante la mirada atenta de un montón de espectadores. Hace squirting después. La multitud aplaude.

—¿Alguna vez hiciste esto? —me pregunta él.

Me reiría pero no puedo. El combo general es grave. No se mandan videos pornográficos alegremente y sin preguntar. Hacerlo no es necesario y puede incomodar.

El tipo sabe, además, que yo soy dramaturga. Sabe que emprendo cosas más complejas en los teatros. Por semejante banalización, debería enojarme. Pero no puedo. Tampoco puedo. Estoy segura de que ni siquiera se dio cuenta. Y hay algo que es todavía más grave. De eso sí elijo ocuparme.

—No, mi amor —contesto—. Y perdón por cortarte la fantasía machista pero eso es orina. Las mujeres eyaculamos pero un líquido más espeso, más blancuzco y menos abundante. Viene de unas glándulas que se llaman «de Bartholin» y, por Dios, sale por la vagina. Esto a simple vista está saliendo por la parte de arriba, donde está la uretra

El tipo enmudece por varias horas. Es la segunda vez que ocurre en un día. La cuarta en las dos semanas y media que llevamos conociéndonos. La cosa no pinta bien. Otra vez, no pinta bien.

Me como un paquete de Pitusas y pienso en muchas cosas. El tipo vivió varias décadas, una vida entera, sin educación sexual integral. Las pocas cosas que hizo, en tales condiciones, parecen demasiadas. Casarse muy joven, casi adolescente, ante Dios y la Iglesia. Separarse, después. Ser padre. Lo imagino en los años, transitando por diversos cuerpos femeninos, sin conocerlos realmente. Creyendo que sí. Creyendo que goza con esos cuerpos, pese a no conocerlos.

El tipo no advierte que, en realidad, está gozando con su propio cuerpo. A quienes habitamos cuerpos feminizados no nos genera un particular interés eyacular a chorros de un metro de altura. Eso les interesa a los patriarcas.

Para ellos, es un signo de virilidad y poder. Para ellos. No para nosotres. Para nosotres, está en la ESI la oportunidad de empoderarnos. Está en la ESI la oportunidad de que nuestros cuerpos se conozcan y se comprendan. La oportunidad de acceder al placer, ni más ni menos, en los términos reales de la propia anatomía y de la propia experiencia de vida.

También en la ESI está nuestra oportunidad de acceder al amor. La nuestra y la de nuestros compañeros cisheterosexuales. De lograr finalmente vincularnos afectivamente con ellos.

Está en la ESI que ellos tengan, finalmente, el derecho a no saber, la instancia para aprender y la motivación para poner en práctica nuevos saberes. Ahora que falta ESI y sobra patriarcado, ellos viven vidas enteras sin saber.

Viven igual. Porque sí. Porque pueden. El tipo reaparece, al cabo de un rato, en mi teléfono.

—Te pregunté si lo habías hecho —me dice, tajante—. No te pregunté qué es.

Me explica que «existen dos tipos de eyaculación femenina». Que una es la que yo digo y la otra es la que se ve en el video. Que no sucede seguido porque las mujeres la confundimos con orina y entonces la retenemos.

Debería enojarme, de nuevo. Pero esta vez tampoco puedo. Se está defendiendo. Le pido explicaciones y detalles que no sabe darme. Termino diciendo que no se enoje, que está bien, que no nació sabiendo. Que es complicado saber ciertas cuestiones cuando falta ESI y se consume porno.

¿Y a vos quién te dijo que yo no sé? —retruca él.

No me lo dijo nadie. Resulta ser que desde mi cuerpo femenino igual puedo ver las cosas por mí misma. No solo puedo ver cuándo orino y cuándo eyaculo. También, cuando alguien se siente incómodo, vulnerado o tiene miedo.

Y no solo eso. También puedo ver que es muy probable que, sin ESI y con patriarcado, no vuelva a ocurrirme aquello del amor cishetero en mucho tiempo.


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