La prueba de amor

El mundo nuevo que nace bajo los efectos de la pandemia por COVID-19 pone de manifiesto no solo la peligrosidad del avance constante de la infección sino también de un mal que se disemina a mayor velocidad que el virus y nos invade con noticias poco confiables, falsas o  que promueven conductas incorrectas y peligrosas, concepto conocido actualmente como «infodemia».

En la actualidad y en particular en el caso del COVID-19, los fundamentos sobre la enfermedad, la prevención y el modo de acción en caso de síntomas o infección se encuentran al alcance de todes, en todos los medios de comunicación y a tan solo un clic de distancia. Los esfuerzos incansables de la comunidad científica y médica de todo el mundo son constantes y la implementación de los nuevos descubrimientos se produce en tiempo real.

La vorágine de comunicar es muchas veces perjudicial y peligrosa. Si bien hoy en día vivimos el ejemplo en «carne viva», no hace falta transitar una pandemia para encontrarnos con opiniones de vecines, amigues, compañeres de trabajo, influencers, periodistas y hasta exmodelos, no capacitades en ciencia y salud, que ponen en tela de juicio la idoneidad del sistema de salud, la comunidad científica, el avance de la medicina y la efectividad/seguridad de las vacunas.

A este grupo de «dudoses» podemos separarlo en dos: por un lado, tenemos las opiniones del núcleo duro de la antivacunación en donde se encuentran personas que se basan en algunos de estos conceptos: «A mí me funciona», «Viví toda la vida así y no me paso nada» y «Las vacunas son un curro de la industria farmacéutica», entre otros. La militancia es activa en estos actores de la comunidad que lejos de generar conciencia y edificar opiniones solidas, ponen peligrosamente en discusión de manera errónea, confusa y perjudicial conceptos sobre la salud que se encuentran en constante comprobación y validación científica.

Por el otro lado, se encuentran aquellas personas que dudan sobre la obligatoriedad y necesidad de la vacunación. Estas personas no son militantes ni tampoco fanáticos de la antivacunación pero hay algo en su experiencia personal de vida que genera esa duda activa y ruidosa que se necesita atender y responder otorgando las herramientas correctas para generar un compromiso social.

Quienes creemos que la vacunación es fundamental en la construcción de una sociedad más justa y equitativa no buscamos estigmatizar ni demonizar a quienes no creen esto, sino generar conciencia y compromiso. Elegir hablar de vacunación no es una opinión. Elegir hablar de vacunación es decisión, solidaridad y responsabilidad política. Es importante preguntarnos pero también respondernos, entender y aprender con fundamento y evidencia científica.

¿Vacunación, sí? ¿Vacunación, no? Vacunación, sí. Siempre. Y no importa cuándo se lea esto.

¿Qué son las vacunas?

Según la OMS, se entiende por vacuna a cualquier preparación destinada a generar inmunidad (defensas) contra una enfermedad. Puede tratarse, por ejemplo, de una suspensión de microorganismos inviables (muertos) o atenuados (sin virulencia). Se administran vía inyección u oral a las personas sanas (principalmente niñes aunque también adultes en algunos casos) para generar inmunidad activa y duradera al estimular la producción de defensas (anticuerpos). De esta manera, cuando se administra una vacuna, el sistema inmunológico «cree» que se trata de la enfermedad y responde produciendo los anticuerpos correspondientes.

Si, a lo largo de la vida, la persona entra en contacto con el microorganismo (virus o bacteria) que produce una enfermedad para la cual fue previamente vacunada, los anticuerpos generados gracias a la vacunación se encargarán de «atrapar» o contener al patógeno para que no produzca enfermedad o esta sea más leve.

Las vacunas y el agua potable son las dos herramientas más importantes para la prevención de las enfermedades infecciosas de la historia. Gracias a la vacunación, muchas enfermedades mortales o discapacitantes que eran habituales en el pasado se han controlado e incluso eliminado. Uno de los hitos más importantes de la salud pública mundial fue la erradicación de la viruela en 1980.

Breve historia de la vacunación.

La inmunidad de rebaño

Las vacunas tienen una función individual pero también tienen una función colectiva (o de rebaño). Para alcanzar lo que se conoce como inmunidad colectiva respecto de una determinada enfermedad, se requiere que la cantidad de personas vacunadas contra esta en una comunidad sea mayor a un valor que se denomina «umbral».

Este umbral va a depender de diversos factores, como las características del patógeno (bacteria o virus) y la respuesta inmune (producción de anticuerpos) que este produzca. Cuando este efecto se logra, aunque ingrese en la comunidad un patógeno importado, no va a poder diseminarse con tanta tranquilidad y probablemente no se genere un brote. Es decir, la vacunación y la respuesta inmune que produce responden como barrera o contención para frenar una enfermedad.

En cambio, cuando el número de personas vacunadas está por debajo de ese umbral, los patógenos encuentran una mayor facilidad para diseminarse y generar esa enfermedad.

Vayamos al ejemplo que tenemos más a mano: COVID-19. El patógeno en cuestión es el SARS-CoV-2 que presenta características nuevas y para el cual no existe una vacuna. El organismo humano, en presencia del virus, lo «desconoce» y responde generando anticuerpos. El problema principal radica en que esa respuesta viene acompañada con una enfermedad grave y riesgosa con alta morbilidad y mortalidad. Además, los estudios e investigaciones aun no son concluyentes sobre si esta inmunidad que se genera en respuesta al coronavirus es protectiva y si funciona a largo plazo.

Para evaluar todo esto hace falta tiempo. Tiempo invertido en las investigaciones de laboratorio y tiempo en la generación de evidencia científica. Así que si te estabas preguntando cómo funciona una enfermedad para la cual no hay vacuna: estamos viviendo en tiempo real la respuesta. Por ahora el aislamiento es el mejor tratamiento, así que quedate en casa.  

De la duda al brote

Uno de los mitos refutados hace años es que las vacunas podrían generar autismo. Esta historia comenzó con un paper (modo en el cual se publican los avances científicos) que publicó un gastroenterólogo británico en el año 1998 en el cual establecía una relación entre la vacuna triple viral y el autismo. El hecho fue desacreditado y este científico expulsado de la academia científica a la cual pertenecía. Pese a que la evidencia científica sobre la seguridad de las vacunas y la no asociación con el autismo eran concluyentes, el daño ya estaba hecho y miles de niñes en todo el mundo dejaron de recibir la vacuna.

Este fue uno de los acontecimientos en los cuales se baso la militancia antivacunas. Sin dudas, podemos encontrar muchas más opiniones y supuestos, pero lo que es importante recalcar es que las vacunas son extensamente estudiadas antes de salir al mercado y lo continúan siendo durante todo el tiempo de aplicación. Las vacunas con las que contamos hoy en día son de altísima calidad y los efectos adversos que producen son mínimos.

Uno de los ejemplo de rebrotes en nuestros días es el de sarampión. En 2018, más de 140.000 personas murieron a causa de este virus en todo el mundo y la mayoría de estas muertes se registraron en la población de niñes menores de 5 años. Además, contraer el virus del sarampión puede tener repercusiones sobre la salud a largo plazo ya que deja a les sobrevivientes vulnerables a padecer otro tipo de enfermedades potencialmente mortales.

El porcentaje de casos mortales a causa de sarampión es de alrededor de una muerte cada mil casos. En los países en vías de desarrollo, con altos grados de malnutrición y servicios sanitarios inadecuados, la cantidad de fallecimientos es del 10% y esta cifra asciende al 30% en casos de inmunocompromiso. Entonces, ¿cómo una infección de sarampión con este grado de mortalidad, principalmente en niñes, puede ser mejor que una vacuna cuyo efecto adverso puede ser de uno en millones?

Por el consenso y el compromiso social

Dicen que las vacunas son «víctimas de su propio éxito» porque la comunidad se ha olvidado de las enfermedades terribles de las cuales nos han prevenido al minimizar los efectos protectores que presentan. Pero son estas vacunas las que evitan seis millones de muertes al año, ahorran la pérdida de 400.000 años de vida y previenen 700.000 casos de discapacidad grave.

La vacunación es una de las medidas de Salud Pública que más vidas salvaron y continúan salvando a lo largo de la historia. Son efectivas y aseguradas por el Estado argentino de manera gratuita. Los efectos adversos que se pueden observar, en general, son leves y permiten prevenir enfermedades que, hasta no hace tanto, mataban a millones personas por año e incapacitaban a muchas más.

Existe la enorme certeza de que las vacunas son seguras gracias a las evidencias científicas de altísima calidad, ensayos clínicos, estudios epidemiológicos y metaanálisis. Es necesario atender a esas evidencias y dejar de lado nuestras connotaciones y emociones negativas y todo aquello que alguien nos dice basado en una opinión o vivencia personal.

La vacunación activa es un derecho y un completo acto de justicia social. Es una de las únicas herramientas que nos emparejan como sociedad, otorgándonos igualdad de condiciones a todes por igual. Las vacunas son un instrumento de equidad y disminuyen la desigualdad en la asistencia sanitaria, proporcionando también beneficios a les más desfavorecides. Las vacunas están dirigidas a todes por igual sin importar su contexto social o económico.

Aceptar la vacunación es amor y solidaridad.

Todas las vacunas del Calendario Nacional son obligatorias, gratuitas y se aplican en vacunatorios, centros de salud y hospitales públicos del país. Nuestro calendario incluye vacunas para todas las etapas de la vida, para situaciones especiales y para grupos específicos.

Para evitar la infodemia sobre COVID-19: CONFIAR.


Fuentes:

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