Cigarrillos de colores

Julián cerró con llave la puerta de su habitación y se quedó parado con el picaporte en la mano. La tarde del segundo martes de febrero se le había hecho larga. Estaba húmedo y el transporte público se había tomado el trayecto de vuelta a su casa con suma calma, similar a la lentitud de las gotas de sudor que bajaban por su espalda. 

Después de caminar las cuadras que lo separaban de la parada, pasó por el kiosquito de la esquina, con la mirada dirigida a las cajas de cigarrillos detrás del mostrador. Los últimos años había fumado Philip Morris religiosamente, pero ahora todas las marcas le parecían iguales. Suaves, normales, Marlboro, Camel. En realidad, no entendía mucho la diferencia.  

«Los mentolados son de puto», le había advertido un no-tan-amigo un par de años antes, cuando aún estaba en la secundaria. «Que no te vean fumando esos porque ya sabes qué pasa»

Finalmente, en el confinamiento de su habitación, abrió el paquete de mentolados que después de tanto tiempo se había animado a comprar. Se sentó en la cama, con la mirada hacia la ventana. La humedad cubría la pared del patio y una planta estaba muerta en una solitaria maceta. Apretó la bolita del filtro del cigarrillo y, luego de encenderlo, se lo llevó a la boca para dar la primera pitada. 

Con la sensación de frescura en la boca, se sacó el uniforme de trabajo y lo dejó hecho una bola en el piso. Debía lavarlo y tenerlo seco para el otro día, pero Julián no estaba tan seguro de querer volver al supermercado, su lugar de trabajo. 

Quizás era una decisión que debió haber tomado cuatro meses antes, al segundo día de haber sido contratado, pero las palabras de su padre lo habían acobardado. 

«Andá a trabajar. Hacete hombre y deja de mariconear por cualquier cosa». 

Claro que su padre no entendía que, aquel primer día, el gerente le había explicado el trabajo parado a metros de distancia con las dos manos detrás de la espalda. No había dicho nada pero Julián no era lento a la hora de comprender el lenguaje corporal. Solo una mirada bastaba para experimentar la incomodidad y la vergüenza. Solo un gesto facial, para leer lo que pasase por una mente prejuiciosa.

A pesar de su corta edad, Julián había transitado lo suficiente para entender que él no corría con la ventaja de «no parecer». Sabía demasiado bien que cualquier cosa que él hiciese era motivo para detonar el conservadurismo y la discriminación.

Durante las siguientes semanas, de todas maneras, había tratado de adaptarse y de generar lazos laborales, sencillos y superficiales pero lazos al fin. El supermercado solo tenía empleados hombres y jóvenes. Su madre lo había alentado a que se relacionara. 

«A ver si de una vez por todas tenés un amigo varón, Julián».

Era una lástima que entre los pocos empleados y él hubieran diferencias sustanciales.

El primer comentario lo tomó desprevenido y casi le causó gracia. Fue un miércoles, el tercero que trabajaba. Llegó temprano y decidió esperar su turno en la sala de descanso. Luego de saludar a uno de sus compañeros con un tímido «hola» no correspondido y antes de que se generase un silencio incómodo, le preguntó al sujeto cuánto hacía que estaba en la sucursal, como para sacar charla. 

—Mirá que yo no soy puto, eh. O sea, todo bien con los gays, pero a mí me gustan las minas —contestó bruscamente y de inmediato, sin dirigirle siquiera la mirada.

Julián no había sabido qué responder, las palabras lo habían dejado congelado. «El out of context más out of context del mundo», pensó. Y, sin embargo, se quedó allí, asintiendo con la cabeza y retrayendo para que el reloj corriera más rápido. 

El humo mentolado salió de su boca y lo sacó del trance. Subió las piernas a la cama y se apoyó sobre el respaldar. Rió de manera irónica ante el recuerdo y la inocencia de pensar que eso era lo más jodido que le había pasado en el trabajo. 

Pero no fue tan difícil volver a tropezar con la misma piedra. La segunda vez, todavía en su plan de hacer amigos, la había encontrado con sus compañeros antes de levantar las persianas. Era lunes y los comentarios sobre la fecha del campeonato inundaban la charla. 

Se ubicó a un costado del grupo para poder escuchar y cuando mencionaron Boca-Aldosivi no dudó en participar. 

—Para mí, no era para roja la patada —dijo con total naturalidad.

El grupo se quedó callado, hasta que uno de ellos —el sujeto— lanzó el chiste más obvio pero que menos esperaba. 

—A este le debe gustar cuando intercambian las camisetas al final —exclamó sin mirarlo. Sin reconocer siquiera su comentario, ignorando prácticamente la presencia de Julián.

Unos pares estallaron en ridículas risas, otros fingieron gracia y los menos se quedaron callados. Julián esperó que, al menos, después del chiste tuviesen la decencia de seguir la conversación pero se encontró con el silencio y la distancia absoluta.  

Acomodó la espalda en la almohada y le dio dos pitadas fugaces al cigarrillo. Sin aviso previo, sintió las lágrimas caer por su cara hinchada. Ácidas y saladas, las sentía hervir contra su mejilla. Todo porque rompía con la normatividad pactada. Todo porque siempre le iban a gustar más los mentolados. 

En retrospectiva, Julián entendió que desde aquel día ya tenía escrita la condena. Aun antes de haber hablado el tema en Recursos Humanos.  El reporte quedó en la nada pero le había valido dos semanas de castigo, ejercido por los propios empleados, que pasó limpiando todo el supermercado. Había sido duro volver tan abajo en la cadena de mando. Injusto. 

Sin embargo, Julián se encontró con que ninguna situación anterior tenía comparación con lo que había sucedido horas antes ese martes. Ni los malos tratos, ni los chismes detrás de su espalda. Nada se le asimilaba.  

Durante el mediodía, se había cruzado con su compañero en el sector de toallitas femeninas. Generalmente le indicaban acomodar ese sector, una y otra vez. Mientras Julián acomodaba las góndolas superiores, el sujeto, un par de años más grande que él, se agachó al costado para reponer el stock de los estantes inferiores.

Si bien los separaba un carrito lleno de paquetes de pañales, Julián tenía vista panorámica del empleado de rodillas. No quiso reír, pero pudo evitar soltar un leve bufido al recordar lo que le había dicho ese empleado la primera vez que habían hablado. 

«Mirá que no soy puto, eh» y sin embargo ahí estaba, agachado casi a su lado, solo separados por un chango.

Julián soltó una risa ante lo bizarro del pensamiento y continuó acomodando. Su mirada se despegó de la góndola por unos segundos pero eso alcanzó para soltar el desastre. 

—¿Vos te estás riendo de mí? —le preguntó desde el suelo, con prepotencia.

Julián se despabiló de sus pensamientos y lo miró desconcertado.

—¿Qué? —respondió, con tono desorientado. 

—¿Que qué? ¿Me estabas mirando, pelotudo? —el sujeto se paró de un salto. Una mezcla de ira y rabia internalizada le empapaba la cara. La bronca que emitía lo hacía crecer de tamaño.

—N-no, nada que ver —llegó a decir, entrecortado. Tenía aún dos paquetes de toallitas en las manos. 

—Me estabas mirando el culo, ¿no, pelotudo? —la inacción de Julián parecía enojarlo aún más. 

El sujeto empujó el chango hacia atrás con fuerza. Julián sintió la manija chocar contra su abdomen. No tuvo tiempo de cubrirse con los brazos. El sujeto se acercó a él y lo impulsó contra las góndolas de manera violenta con las manos aferradas a las solapas de su remera. 

—Escuchame, puto de mierda, a mí no me mandás más al frente, ¿entendiste? —Julián sintió las gotas de saliva en su cara, al tiempo que el aliento caliente inundaba todo a su alrededor. Estaba agitado, los latidos del corazón le zumbaban en los oídos pero la sangre se le había helado. 

—¡¿Entendiste?! —reiteró el sujeto fuera de sí. Lo zamarreó de las solapas y provocó que se golpeara contra los estantes. 

Julián no dijo nada. Solo asintió. Rápido, con la cara pálida y la boca en una línea recta. Tenía la garganta seca, apenas podía respirar. El sujeto lo soltó y lo empujó una vez más contra las góndolas, como si quisiera darle un ultimátum. 

—Más te vale que no te enganche de nuevo mirándome el culo —reiteró con un dedo acusador mientras se alejaba. 

Se había quedado inmóvil hasta que escuchó que alguien más se acercaba. Al ver a una clienta, se incorporó y fingió acomodar los productos en el estante mientras hacía fuerza para no romper en lágrimas. 

El mentolado del cigarrillo aromó las palabras que, aun en su habitación, seguían retumbando en su cabeza. Las paredes reproducían las frases de manera amplificada y Julián no podía calmar el llanto. Lloraba demasiado para un hombre con un cuerpo tan escueto y tan pequeño. 

Puto de mierda, escuchaba. Al eco se le unieron los retos de su abuelo y las risas de sus primos.  

Puto pelotudo.

Percibió las burlas de sus compañeros de la secundaria y los llamados de atención de sus maestros. 

Puto marica.

Oyó las acusaciones de su padre y los lamentos al cielo de su madre. 

Puto asqueroso.

Por último, le retumbó el silencio. Pero no el propio, sino el silencio desolador de todos aquellos que se habían quedado callados, que no habían saltado a darle una mano. 

Puto fracasado. 

Con la imagen de mil dedos índices que apuntaban hacia él, siguió llorando y fumando su mentolado. 

Puto y todas sus variaciones. 

Julián se sentía devastado. Había pagado muchas cuotas durante su vida fuera del clóset, muchas multas por faltar a la heteronorma. No podía evitar frustrarse, ¿hasta cuándo las abonaría? 

Aquel atardecer, decidió nunca más volver. Terminó el cigarrillo mentolado. Escuchó la puerta de entrada y el sonido distintivo de su padre. Se secó la cara y se vistió con ropa de casa. Se dirigió fuera con intención de saludarlo. En una reacción instantánea, escondió los mentolados entre el colchón y la madera de la cama y salió a recibir a su padre con la caja de Philip Morris en la mano.


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