Las lluvias que no mojan, ni siquiera en pandemia

El pasado jueves 2 de julio en horas de la mañana, el Hospital Cosme Argerich recibió la visita de Horacio Rodríguez Larreta, jefe de gobierno porteño. Se tomó fotos en los boxes de laboratorio de la planta baja, donde se testea a trabajadores expuestes a la COVID-19. También se fotografió conversando con Néstor Hernández, director médico del hospital.

Sin embargo, no lo vieron acercándose a los servicios de terapia intensiva, ni tampoco al cuarto piso, destinado al aislamiento de pacientes con COVID-19 de baja y media complejidad. Menos aún lo vieron interiorizándose sobre el estado de salud del personal contagiado o comprobando con sus propios ojos la cantidad y calidad de los equipos de protección disponibles.

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A diferencia de lo ocurrido en otros hospitales de la ciudad, donde fue forzado a retirarse fustigado por las demandas del personal, en esta ocasión, Larreta pudo moverse con total libertad.

El hecho sorprende por una variedad de razones. Entre las más concretas hay algunas que son de público conocimiento: fue en el Argerich donde se registró la primera muerte por COVID-19, a principios del mes de marzo. Cerca de 70 trabajadores se vieron expuestes al contagio por no aplicarse los protocolos de bioseguridad y diagnóstico, por lo que debieron aislarse.

Nota de aviso de colapso operativo, emitida por el hospital con la firma del Dr. Roberto Veneroni.

Posteriormente, ante la falta de personal, el servicio de urgencias debió comunicar un colapso operativo y la imposibilidad de recibir pacientes hasta nuevo aviso.

En el sistema de salud porteño, la atención de urgencias se maneja en red por medio del SAME. Si un servicio comunica colapso operativo, los servicios que se encuentren en las cercanías deberán absorber su demanda, además de continuar atendiendo la propia. Ello implica una probabilidad real de que también colapsen y se vea comprometida la atención médica de urgencia de todo un sector de la Ciudad.

A pocos metros de lo real

Mientras Larreta paseaba entre los boxes de extracción con el aval de quienes no lo echaban, en el servicio de urgencias faltaba Miriam Pucheta.

Miriam es una enfermera de 46 años de edad con varios años de antigüedad en el hospital. Se contagió el virus y su condición se volvió crítica. Miriam padece anemia hemolítica, una patología de la sangre en la cual se presentan dificultades para el abastecimiento de oxígeno a los tejidos. Bajo estas condiciones, no queda claro por qué razón se encontraba trabajando, en lugar de hacer uso de licencia.

Al cierre de esta edición, se encuentra internada en asistencia respiratoria mecánica. Sus compañeres y familiares debieron realizar una campaña de difusión del caso para conseguirle donantes de plasma y lograr que su cobertura médica la incluya en el protocolo de tratamiento. La Asociación de Enfermería de Capital Federal (AECAF) envió mensajes de solidaridad desde las redes sociales, intercalados entre oraciones a Dios por les colegas que ya fallecieron. No más que eso.

Miriam Pucheta, enfermera del Hospital Argerich.

Miriam Pucheta no es la única. Entre los meses de mayo, junio y lo que va de julio, se contagiaron trabajadores de varias salas de internación y también trabajadores de servicios generales que, según las planificaciones operativas, se encontraban afectades a tareas sin contacto con pacientes COVID-positivos.

En el Argerich, al igual que en todos los hospitales y centros de salud dependientes del GCBA, el personal de todas las áreas se dividió en grupos y concurre alternadamente en un intento de reducir las posibilidades de que un contagio masivo deje al área sin operatividad.

Todes tienen suspendido el uso de licencias mientras dure la emergencia sanitaria. Todes son pasibles de ser destinades de manera inconsulta a otros efectores de salud en caso de que alguno se quede sin personal. A quienes se desempeñen en los turnos franqueros, también pueden asignarles tareas en días laborables, según una resolución emitida recientemente.

En un pie de igualdad con el sector privado, además, acaban de recibir la primera cuota del afamado bono extraordinario, que primero se anunció de tres pagos de diez mil pesos, después de cuatro pagos de cinco mil y después de «solo palabras de agradecimiento», según dijera el propio Alberto Fernández, presidente de la Nación, al ser consultado por ello en conferencia de prensa.

El pago comenzó a regularizarse recién a cuatro meses de su anuncio con bombos y platillos y de vincularlo a la necesidad de reconocer y premiar la labor asistencial. No se ofrecieron mayores argumentos para justificar la demora que los de «una cuestión burocrática».

Curioso resulta, en estas condiciones, imaginar qué mundo habrá visto Horacio Rodríguez Larreta en su paseo por la planta baja del hospital. También cuál le habrán querido mostrar quienes lo recibieron y quiénes, sabiendo que estaba allí, no lo echaron. Quizás se trate de un mundo de trabajadores no humanos, que le ponen el cuerpo a una pandemia sin recursos, sin derechos de ningún tipo y sin verdadero reconocimiento social, entre otras vicisitudes.

Un mundo en el que les trabajadores, al cabo de muchos años de ser despojades de derechos básicos, se las arreglan para convencerse de que está bien, de que son ángeles o héroes o elegides para pelear una batalla. Y que, luego de tamaña lucha desigual, aún les queda resto para ofrecerle al opresor una bienvenida en una escena pulcra, clara y agradable a la vista, mientras la multitud aplaude, todas las noches a la misma hora, desde sus balcones.


Imágenes: Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires


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