#CicloCrisis: Aferrar(nos) o transformar(nos), paso uno

La pandemia que hoy hace temblar al mundo nos hace presentir que algo puede cambiar para siempre. ¿Estamos en una crisis? La tan evocada e incierta idea de «nueva normalidad» puede paralizarnos y hacernos aferrar a la querida «vieja normalidad». Este ciclo ratifica el estado actual de crisis pero anima a entretejer las múltiples aristas que toda crisis pone a jugar: el contacto con el estado de crisis, las fuertes emociones que origina y las preguntas sobre la resolución de la misma. Las crisis exhortan a accionar: es nuestra decisión aferrarnos a lo que fue o transformarnos en lo que puede ser.

Las cuatro notas que componen este ciclo proporcionan reflexiones y herramientas para analizar el estado de crisis, sentir las contradicciones y emociones que este estado nos despierta. Debemos abrir la cabeza y la imaginación para pensar qué viene después.

Paso 1: RASGAR LAS ANTEOJERAS: ¿QUÉ CRISIS?

Probablemente no sea la primera vez que escuchamos nombrar la crisis ecológica y climática. Vimos durante el año pasado y a principios de este las impactantes noticias de los incendios forestales en la Amazonia y Australia. Leímos en febrero de este año que la temperatura en la Antártida superó los 20 grados y registró, así, una temperatura récord desde que se tienen registros y que lo mismo sucedió el mes pasado en el Ártico, donde la temperatura alcanzó los 38 grados.

Hoy, mientras vivimos en carne propia la conmoción que la actual pandemia de COVID-19 está causando en todo el mundo, ya nos llegó la información sobre un posible mañana con otra pandemia proveniente de la nueva cepa de gripe porcina. Escuchamos, vimos, leímos, nos informamos y se alteró toda nuestra cotidianeidad pero, aun así, la crisis ecológica y climática nos parece cosa de ambientalistas o preocupaciones de lujo del «Primer Mundo».

Se podrían esgrimir múltiples motivos por los que resulta tan difícil tomar real conciencia de esta crisis. América Latina está invadida de carencias, de desigualdades y de hambre, ¿por qué poner nuestro foco en una crisis que no demuestra mayor urgencia ni resulta prioritaria? La mayoría de personas que están leyendo esta nota probablemente vivan en contextos urbanos lejos de donde la crisis muestra sus manifestaciones más inmediatas, ¿cómo entrar en contacto con un estado de crisis que solo se ve por la tele o por redes? Y fundamentalmente, ¿quién nos garantiza que el estado de situación es tal como para ser declarado como crisis?

¿Quién nos certifica que hay una relación entre los incendios del Amazonas, las elevadas temperaturas en el Ártico y la pandemia de COVID-19? ¿Qué tenemos que ver nosotres con una crisis que es de la ecología y el clima? Esta última pregunta puede funcionarnos como la punta del ovillo para ir desandando algunas reflexiones que resultan necesarias.

Hay tres mecanismos (humanos) que impulsan la crisis ecológica y climática y revelan la honda intersección que hay entre esta crisis y todas las otras crisis humanas. Estos mecanismos son el dominio, la explotación y la opresión.

Los genocidios, los etnocidios, los femicidios, los travesticidios, les refugiades, la segregación por religión, género, raza, orientación sexual, especie, clase social, discapacidad, las desigualdades, los hacinamientos, la desnutrición, el 99% en manos del 1% y tantas otras cosas se explican —también— por medio de estos tres mecanismos. Es el modelo hegemónico actual «la normalidad»— el que funciona y se reproduce a partir de estos mecanismos: dominando territorios, explotando ecosistemas y oprimiendo pueblos. Por ello, la crisis ecológica y climática no es más que uno de los resultados catastróficos de este modelo en el que vivimos.

Una de las cualidades mas distintivas del modelo es su capacidad de invisibilizar sus mecanismos y sus formas de funcionamiento, de negar la existencia de modelos alternativos y de externalizar sus consecuencias sociales, económicas o ecológicas. Mientras tanto, en paralelo, ha construido y validado como absolutas e insuperables ciertas maneras de vivir, de sentir, de pensar y de relacionarnos. De este modo, se fue forjando un modelo civilizatorio de pretensiones universales que, a través del colonialismo primero y la globalización después fue ganando lugar en cada rincón del planeta.

El modelo civilizatorio del que somos parte se presenta como libre de ideologías —las invisibiliza a través de la naturalización— pero no es más que un tejido ideológico que moldea cuerpos, tierras y vidas, y que crea (cierto tipo de) realidad y materialidad. Las ideologías medulares del modelo son[1] el extractivismo, como modelo de desarrollo, producción y acumulación ilimitados; la tecnociencia positivista, como modelo de validación del conocimiento y como horizonte de la ciencia; el liberalismo, como modelo de ética y moral y, por supuesto, también de mercado; el patriarcado, como relación de poder entre los cuerpos; el etnocentrismo, como relación de poder entre las culturas, sus territorios y tradiciones; y el antropocentrismo, como relación de poder con todo lo no-humano que habita y es parte del planeta.

El orden de los factores, si lo hubiera, sería así: el modelo instala y reproduce sus ideologías a través del dominio, la explotación y la opresión, y se lo permitimos, en gran parte, porque niega, invisiviliza y externaliza sus ideologías, sus mecanismos, sus consecuencias y la existencia de otras alternativas.

Nada de esto es nuevo. Hace siglos que este modelo civilizatorio viene avanzando, mutando, camuflándose y retrocediendo según los requerimientos de los contextos y los momentos (aunque nunca abandonando lo medular) para instituirse como «lo normal» en todo el mundo. Empero, hoy la crisis ecológica y climática sí trae consigo algo novedoso. Lo que la crisis ecológica y climática viene a evidenciar es que la vida tal como la conocemos no puede (literal) continuar: la forma en que estamos viviendo gran parte de la humanidad es insostenible en sus bases materiales y, por lo tanto, también simbólicas. De no cambiarla, la vida se alterará por completo, volviéndose probablemente invivible.

En este punto, es conveniente dejar de hablar de crisis ecológica para empezar a hablar de crisis civilizatoria. Lo que está en riesgo no es «el medio ambiente», sino todo lo que conforma nuestra vida y, también, la de los ecosistemas. No cabe duda de que son y serán las poblaciones vulneradas las primeras en sufrir los daños, las poblaciones históricamente descartables y descartadas. No obstante —y aquí lo novedoso—, de esta crisis nadie está a salvo. Estamos exponiéndonos a que la vida, en todas sus formas, ya no sea posible. El modelo civilizatorio en que vivimos niega nuestra profunda dependencia con todo lo que existe en el planeta, calla que somos una parte más de ello y elude que si el planeta está en crisis, todes nosotres también.

Imposible es vaticinar cómo se irán dando las manifestaciones de esta crisis pero, incluso desde fuentes conservadoras como el Banco Mundial[2], el panorama es desolador: enormes masas de refugiades climátiques, agudización de las desigualdades sociales, aumento gigantesco del número de excluides del sistema, extinción de cientos de miles de especies animales y vegetales, grandes porciones de tierra degradada e inutilizable, escasez de agua dulce para consumo y riego, proliferación de enfermedades, virus. Estas son solo algunas.

Entrar en contacto con este estado de situación nos despierta profundos estados emocionales. Enojo, impotencia, angustia, miedo, incertidumbre, escepticismo y muchas otras emociones nos invaden. Es ineludible sentirnos incómodes y, en general, le huimos a ello. Sin embargo son estos estados emocionales los que pueden despabilarnos y sacarnos de la somnolencia civilizatoria en la que vivimos. Necesitamos sentir el cuerpo para ponerlo en acción hacia nuevos rumbos. Necesitamos aprender a transformar estados penosos en fuerza que nos empuje a crear. Así como resulta imperioso tomar conciencia del estado de crisis civilizatoria, es igual de importante conectarnos con un proceso de recuperación y construcción de otras maneras de vivir y de pensar la vida.

Nos hace falta un nuevo horizonte civilizatorio. Nos hacen falta nuevos horizontes civilizatorios, muchos, en plural. La diversidad y lo múltiple es la característica esencial del planeta del que somos parte y, por lo tanto, de nosotres como humanidad. La monocultura —o monocultivo de la mente, como tan bellamente lo nombra Vandana Shiva— es la farsa más nociva que se ha impuesto y vuelve imposible figurarse todo aquello que tiene que ver con la vida. Es un laborioso proceso de deconstrucción el que tenemos por delante.

Hoy, la mayoría de nosotres ya somos «lo normal», lo reproducimos en nuestra cotidianeidad, en nuestros trabajos, en nuestros vínculos, en nuestra alimentación, en nuestro consumo, incluso en nuestros placeres. Repensar(nos) cómo estamos viviendo y hacia dónde esas formas nos están llevando, urge. Construir redes que impulsen y colectivicen esa transformación, apremia.

Este ciclo pretende ser el puntapié de una gran urdimbre de artículos que habiliten el ir abriendo los ojos, la cabeza, los sentidos y el corazón. Necesitamos rasgar las anteojeras que estrechan nuestra creatividad y cooperación, para poder imaginar mundos que acojan reconocernos inter y eco dependientes.


[1] Sin duda resulta simplista y esquemático hacer un listado de las ideologías, pero resulta útil para lo que este espacio pretende ilustrar. Será tarea de otras reflexiones detallar y complejizar cómo se manifiestan estas y otras ideologías en cada contexto y en cada momento histórico.

[2] Banco Mundial

Imagen destacada: Florencia Carella


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