#CicloCrisis: desenterrar lo silenciado, paso dos

Si hay algo que distingue a la humanidad del resto de los seres vivos es su capacidad de hacerse preguntas. Al preguntarse, la humanidad quebró el instinto y la intuición que ligan a cada especie con el lugar que le tocó en el tejido de la vida y, a la vez, abrió el contacto con lo abismal e insondable que las preguntas sobre los sentidos del vivir desnudan. Una de las principales formas simbólicas de zurcir estos agujeros fue la construcción de relatos compartidos y transmitidos. Narrativas que dotaban de sentido a la existencia y a sus procederes. Historias que daban pertenencia frente a la propia pequeñez e insignificancia en el gigantesco universo.

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Los actos humanos de preguntar(se) y responder(se) revelan un rasgo maravilloso: la humanidad en su conjunto, al acceder al lenguaje, fue atravesada por una necesidad esencial de entender y reconocer el sentido de su existencia. Toda comunidad humana se ha preguntado su para qué, pero cada una fue creando sus propias respuestas. Las infinitas respuestas dan cuenta de la pluralidad de humanidades que siempre habitaron el planeta.

Las respuestas, los relatos, crean cultura, erigen saberes, tallan emocionalidades, organizan prácticas, instituyen materialidades y sostienen el mundo. En la humanidad todo es narrativa y, tal como sucede con todo lo que vive, es su heterogeneidad la que asegura la supervivencia. Servirse de la misma narrativa para vivir en comunidades caribeñas que para hacerlo en comunidades del altiplano sería simplemente suicida.

Larga es la historia de imposición de narrativas de algunas comunidades a otras. La evangelización como herramienta de colonización en las Américas es paradigmática. Sin embargo, hoy, el afán de uniformar globalmente los relatos está enfilando a la humanidad hacia un proyecto suicida.

El modelo civilizatorio hegemónico actual apuesta —si es que ya no lo ha logrado— a universalizar las narrativas. Así, se dedica a negar, dominar, eliminar o incluso absorber toda narrativa diversa. Al mismo tiempo, propaga y difunde sus propias narrativas junto a sus propias lógicas de valorización y validación, presentándolas como superiores —por ser racionales o por ser «naturales», según de cuál se trata—. Estas lógicas son las que dan cuenta de cómo valoramos todo lo que nos rodea y nos conforma (por ejemplo, un área de bosques puede ser valorizado como esencial para sostener la vida o como un recurso saqueable), y de cómo validamos esas valorizaciones, es decir, cómo reconocemos cuáles son validas y cuáles no.

El modelo otorga los «mejores» relatos que nos conforman, brinda las respuestas «más racionales» que nos explican y enseña a valorizar y validar los «insuperables» modos de vivir, de ser, de desear y de vincularnos que exalta. De esta manera, nos seduce, nos narra y consigue que nos fiemos de que, tal como vivimos, la vida es buena y sostenible; sobre todo, consigue que obviemos preguntar(nos) si, de hecho, las maneras de vivir que nos propone no nos están llevando al colapso.

La narrativa imperante que da orden y sentido a la vida de gran parte de la humanidad, en particular la urbana, es aquella que ubica como metas del vivir (individual) al bienestar, al confort, a la autonomía y a la productividad. El acceso a un buen nivel de vida —fundamentalmente material y de magnitudes nunca antes vistas en la historia humana— se ha masificado; no solo la posibilidad de acceder, sino la atracción que genera. Todo, gracias a los bajos precios de los productos de consumo —efecto de la externalización de los costos sociales y ecológicos reales de su producción—, a la enorme oferta de créditos y préstamos que, a fin de cuentas nos dejan completamente sometides al sistema, y a una inmensa maquinaria publicitaria y de comunicación que promete experiencias de pertenencia, deseabilidad y placer.

La cultura del consumo y el descarte es lo que da forma a nuestros anhelos de felicidad y alto rendimiento y permite que la rueda siga girando: más quiero, más trabajo (con la autoexplotación que supone), más descarto. La mercantilización de la vida —incluso de formas de vida que pueden parecer subversivas— es lo que el modelo civilizatorio necesita (y consigue) a fin de que la acumulación y la concentración de poder en todos sus formatos sea posible. La rueda sigue girando.

Puede que aun suene exagerada la idea del colapso inminente y que aun resulte difícil comprender el estado de crisis civilizatoria. Nada de esto es casual. Es esa la gran artimaña que el modelo realiza: invisibiliza sus narrativas que dan lugar a lo mortífero. La promesa de bienestar es comparable con los espejitos de colores con que se inicia el proceso de colonización en nuestras tierras y que, evidentemente, aún no ha terminado. La opresión, el dominio y la explotación son los mecanismos fundantes del modelo civilizatorio hegemónico y el confort su mejor distractor, su perfecta cortina de humo. Es el capitalismo en su faceta más salvaje.

Esta nota no puede abordar la dimensión y profundidad que la otra cara del modelo tiene y, mucho menos, las hondas e irreversibles consecuencias que conlleva. Harán falta —y los habrá— múltiples artículos para ir desenterrando lo silenciado y otorgarle luz a lo que está por venir, lo que ya comenzó. Aquí quedarán planteados los asuntos prioritarios.

La producción masiva y a bajos costos de mercancías (objetos, turismo, alimentos, tecnología, ropa, calzado) precisa el saqueo y la destrucción de territorios, poblaciones y ecosistemas y la esclavitud laboral de grandes grupos humanos. A esto se le llama maximización de la renta y externalización de los costos, valores fundamentales de las contadas corporaciones transnacionales que hoy manejan todo el mercado internacional. Estas corporaciones se dedican constantemente a buscar dónde es más barato producir. Apuntan, más que nada, a países de la periferia que, por el papel desigual y subordinado que se les ha otorgado en el reparto histórico de poder, ofrecen incentivos fiscales, regulaciones laxas de protección de la industria interna o de conservación de los ecosistemas y mano de obra barata y no sindicalizada.

El agronegocio, aliado fundamental de paquetes tecnológicos para «maximizar la eficacia», es el ejemplo paradigmático de destrucción masiva de los ecosistemas y de todo (y todos) lo que vive allí. Las zonas económicas especiales (o maquilas, en su nombre coloquial) de la industria textil son el ejemplo paradigmático de esclavización de enormes grupos humanos, principalmente de mujeres.

La cultura del descarte ha agudizado el aumento exponencial de los desechos y llevó a lo que fue denominado como una  «crisis mundial de la basura». Anualmente se produce más de 2.100 millones de toneladas de desechos, lo que podría llenar más de 800.000 piscinas olímpicas. Cada año, ocho millones de toneladas de plástico acaban en el océano, lo que quiere decir que, a cada minuto, un camión repleto de basura se vierte en el mar. Se estima que si seguimos a este ritmo, para 2050 serán 4 camiones por minuto. Los niveles de contaminación y daño que los desechos acumulados generan es enorme e impactan tanto a las comunidades como a todo aquello que rodea esas zonas.

La dependencia a la tecnología por parte de individuos, de gobiernos y de corporaciones y a la tecnociencia como horizonte del progreso está supeditada a la dependencia a minerales y metales cuya extracción masiva incluye la destrucción de territorios que son considerados «zonas de sacrificio» por las condiciones en las que resultan; el uso de nuevas modalidades extractivas como la megaminería a cielo abierto; el empleo de millares de litros de agua que termina contaminada con los químicos que se usan para aislar lo que «sirve» de lo que no; y más. La dependencia a la energía fósil sigue estos mismos recorridos. Ambas vienen creciendo a ritmos exponenciales. Ambas se fundan en la extracción de materiales limitados y, en muchos casos, no renovables.

Todos los «efectos colaterales» del modelo civilizatorio hegemónico profundizan la desigual división internacional del trabajo, reprimarizan las economías periféricas, descartan cualquier posibilidad de soberanía de los pueblos, hunden a les pequeñes trabajadores y comercios locales, desaparecen a comunidades indígenas y sus narrativas, alimentan la desigualdad social y la violencia sistémica, son racistas y machistas, enriquecen a poquísimas personas, valorizan los bienes comunes como materia prima explotable y, hoy más que nunca, ponen en serio riesgo el hecho de que nuestras vidas sigan siendo posibles. Estamos en crisis y es antropogénica. Esto no se banca más.

Recuperar el poder de narrar(nos) para dejar de ser títeres de los poderes hegemónicos, proponer(nos) y exigir(les) otras formas de valorizar la vida es fundamental. Necesitamos distanciarnos de las narrativas hegemónicas para hacer(nos) preguntas de base colectiva y territorial. Deberemos levantarnos en lucha por un mundo que sea vivible.


Ilustración: Florencia Carella


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2 comentarios

  1. Gracias por la reflexión en voz alta, compañera! Por más necesarios y profundos enraizamientos con verdad, memoria y justicia transfeminista, aprendíz de las sabidurías ancestras en bocas de sus descendencias en resistencia (voz periférica a nuestras voces urbanas) Abrazoles. ceci -con minúscula-

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