Destronar estereotipos

Nos hablaron del cuerpo perfecto, proporcionado y hegemónico. De variados pasos a seguir y tantos otros a evitar para conseguirlo. Nos dijeron que nuestras corporalidades son envases con algunos pocos aciertos, con tantos otros errores; con fecha de vencimiento. Nos hicieron creer en su ilusorio derecho a opinar sobre lo que somos. Pero hoy les arrancamos las etiquetas porque ya no se aceptan devoluciones.

El 22 de julio, Revista Caras lanzó una portada en la que se etiquetó como «plus size» a la princesa Amalia, hija mayor de la reina Máxima Zorreguieta y el rey Guillermo de Holanda.  Más aun, la letra chica aclaraba que, con orgullo, «defiende su figura de “mujer real”». Con justa razón, el hecho generó una masiva polémica al hacer foco en el cuerpo de la adolescente y clasificarlo.

En primer lugar, el uso de la terminología «plus size» tuvo la finalidad de disfrazar la palabra gorda para referirse a Amalia. Pero, si la intención de Caras era dar su (no solicitada) opinión, ¿por qué no emplear el término? Reemplazarlo simplemente lo carga de significaciones negativas y genera justo el impacto del que la sociedad actual lucha por librarse. ¿A quiénes se refiere como «mujeres reales»? ¿Quiénes no lo son?

¿Por qué sería noticia lucir un cuerpo «con orgullo»? ¿Es, acaso, alguna clase de justificación por no ser hegemónica? De esta segunda idea se desprende un cuestionamiento al hecho de montar toda una nota en base a la desacertada etiqueta «cool».

Resulta importante aclarar que la imagen utilizada no es más que un recorte de la fotografía completa: cada año, la familia realiza una sesión de fotos para su tradicional colección de verano. Por lo tanto, esta captura no pertenece, bajo ningún aspecto, a algún tipo de intercambio directo entre Caras y la familia real. Partimos, ahora, de ese dato para afirmar que todo lo dicho en el cuerpo de la nota de dicha revista (y en la misma portada) ni cerca está de valerse de fuentes propias del medio.

En cuanto a la expresión, decir «plus size» implica la alusión a un sistema de medidas estandarizado que, de por sí, discrimina (entendiendo que comprende los talles small (pequeño) medium (mediano) y large (grande/largo) establecidos a partir de volúmenes modelo chicos).

Ante la controversia y las tantas críticas, Revista Caras publicó un descargo en el cual intenta justificar la tapa diciendo que su objetivo fue rescatar una historia de superación de la princesa «que vive su adolescencia sin tabúes». En una segunda publicación, Liliana Castaño, directora de la revista, efectuó una disculpa a les lectores reconociendo el error cometido.

Pero la portada se lanzó y la disputa principal radica en la huella que esta imprime sobre nosotres. Hay quienes afirman que el propósito del titular buscó el impacto generado, entendiendo poseer ese contrato de lectura amarillista para con sus lectores. Haya o no haya sido el propósito de la revista, la discusión es otra —y significativamente más profunda—.

Titulares como este naturalizan las etiquetas, los juicios y las opiniones injustificadas. Normalizan que nuestros cuerpos sean constantemente señalados al punto de transformarnos en nuestres propies jueces. El dedo señalador se encarga de hallar siempre algún nuevo «error» que nos aleja del cuerpo hegemónico, causando desde malestar emocional hasta desórdenes alimenticios. Se trata de un juicio ininterrumpido, firme y obstinado que opera a nivel inconsciente y no da respiro. Por tal, la delicadeza del tema y la necesidad de no desestimarlo y de erradicar la violencia simbólica que nos acecha.

Nos rodean los estereotipos. En un plano funcional, se conforman como organizadores de la información que poseemos a fin de facilitarle a nuestro cerebro la vida en sociedad y el constante encuentro con une otre (necesitamos atajos para evitar estar percibiendo «desde cero» a cada paso que damos). El problema aparece cuando esos estereotipos surgen de construcciones sociales cuyo desenlace —o finalidad— es la discriminación.

Tal como los hemos aprendido, los estereotipos parecen poner a nuestros cuerpos en cajitas rotuladas; parecen ponerles precio y mandarlos al mercado cual objetos valuados por su apariencia. Es a partir de esas cualidades resignificadas que se clasifican estableciendo jerarquías con obstáculos para unes y beneficios para otres. Y todo desemboca en la desigualdad de oportunidades.

¿En qué momento comenzamos a rechazar a nuestro propio cuerpo? ¿En qué momento convivir con él se volvió tener que aceptarlo «tal y como es»? Como cediendo, como si algo en él, efectivamente, estuviese mal. Porque para aceptar algo, antes debió haber sido puesto en duda, cuestionado, criticado.

¿Quién es le culpable? ¿Es la sociedad? ¿Es el sistema? ¿Son los medios? Es probable que todes elles (y muches más) colaborasen con la creación de las significaciones que normalizamos hasta volvernos parte de la reproducción de esos estereotipos.

Hablar de —o disfrazar a— los cuerpos con eufemismos o valoraciones subjetivas, con apreciaciones construidas socialmente en base a discursos de discriminación es violencia simbólica. Estrategias construidas desde lo social, que denotan un sistema de poder que reproduce asimetrías y se vale de esos y tantos más titulares, términos y etiquetas para hacerlo de manera encubierta y sistemática. Se caracteriza por ser una violencia invisible, implícita o explícita, que esconde esa matriz de las relaciones de fuerza.

Cualquier similitud entre violencias de género y estereotipos no es y nunca será mera coincidencia.

Por eso, y para terminar con ella, resulta fundamental la perspectiva, el cuestionamiento a estas construcciones y, por qué no, el masivo llamado de atención como el que tuvo esta portada. Porque hoy, también en este sentido, vamos hacia una nueva normalidad. Una real, que no distingue correctos o incorrectos: la que desenmascara prejuicios e incluye a todes. 


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