Al interior del horror: ¿cómo es trabajar en un matadero de cerdos?

Aviso de contenido: menciones de sangre, fluidos corporales, excremento, enfermedades, alcoholismo, cáncer, trauma e impacto emocional; descripciones explícitas de matanza de animales y animales preñados, electrocución, tortura de animales.


En el artículo «Granjas industriales de cerdos: ¿solución o problema?», enumeramos las razones por las cuales la instalación de este tipo de establecimientos en nuestro país sería una atrocidad. El siguiente artículo se desprende como una de esas razones, al problematizar el sufrimiento tanto de los animales no humanos como de las personas que trabajan en los mataderos. Para tener en cuenta qué tipo de trabajo se pretende incorporar en nuestro país, esta nota presenta el testimonio de un extrabajador de una granja industrial de cerdos.

El acuerdo entre Argentina y China avanza como haciendo oídos sordos a la negativa que plantó la sociedad en general. En el comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores donde el canciller Felipe Solá entrevista brevemente al ministro de comercio de China se reafirma la configuración de este proyecto de producción de carne porcina de inversión mixta entre empresas de los dos países:

«La Argentina alcanzará 900 mil toneladas en cuatro años y en un proceso prudente, supervisando las buenas prácticas e incorporando tecnología de punta para reducir el impacto medioambiental».

En solo semanas puede llegar a firmarse el acuerdo definitivo con la excusa de que beneficiará a ambos países en sus intereses comerciales. Este proyecto contaría con una inversión de 4000 millones de dólares, duplicaría la producción porcina en nuestro país durante los próximos cuatro años, conllevaría la construcción de 25 granjas industriales más y la producción 3 millones de toneladas de maíz y generaría 9500 puestos de trabajo.

La pregunta es ¿qué tipo de puesto de trabajo quiere generar nuestro país? La respuesta no es para nada sencilla. ¿Cuál es la actividad de alguien que trabaja en un matadero? ¿Asesinar, descuartizar, separar las piezas del animal que se transforma en un pedazo de carne? ¿A quiénes están dirigidos estos puestos de trabajo? ¿Personas con fuerza física y falta de sensibilidad para que puedan soportar ver la muerte a la cara? ¿Masculinidades, hombres, varones, padres de familias? ¿Qué tipo de consecuencias tiene en la vida de un hombre llevar a cabo estas tareas?

Para intentar responder solo algunas de estas preguntas, Escritura Feminista entrevistó a Luis (49 años), quien trabajó en el frigorífico industrial de ganado vacuno «CEPA» ubicado en Pontevedra (partido de Merlo, GBA), que luego fue absorbido por Swift Armour Argentina S.A, y también en un matadero de cerdos ubicado en González Catán (partido de La Matanza, GBA) en la época de crisis económica entre fines de 1990 y principios de 2000.

Hay que tener en cuenta el contexto en el que él trabajó en estos lugares así como su situación socioeconómica: padres de dos hijes pequeñes, con su esposa desempleada y una vivienda precaria ubicada en unas de las localidades más pobres del conurbano bonaerense. 


Escritura Feminista: ¿Cómo eran las condiciones de trabajo?

Luis: Para conseguir el trabajo, vos tenías que estar tipo 6 de la mañana, te parabas en la puerta y si a ellos les faltaba personal te venían a buscar, o sea, venían a la puerta y decían: «Vos, vos y vos». Es un sistema que se usaba mucho en los frigoríficos antes. Generalmente, es un gremio donde los lunes y los martes tendían a faltar, por el cansancio, por el alcoholismo. La mayoría de los hombres eran separados por esta vida que llevaban. Se usaba mucho en el gremio de la carne en los 90 que te tomaran por tres años, te despidieran y te volvieran a tomar para que no tuvieras antigüedad.

El primer lugar donde trabajó Luis fue en un matadero industrial de vacas y sobre esa experiencia cuenta lo siguiente:

L: Trabajar en un matadero, en la jerga, se diría «es para hombres», pero no es para «humanos». La palabra ya te impacta. Calculá que yo entré a trabajar en el matadero de vacas en el 94 con un compañero, nos dieron un cuchillo gigante, un cuchillo más chico, una piedra y una chaira que es para afilar y nosotros no teníamos ni idea de cómo se usaba, ni ese muchacho ni yo con 24 años. Nos dijeron «Bueno, chicos, ahora los voy a llevar a la playa de faena» y cuando subimos sentimos un golpe. Era el chico que se había desmayado, cayó redondo, no soportó el olor y los gemidos. Es algo que no te lo olvidás en la vida.

Luis dejó de trabajar en ese matadero en 1997, sin indemnización ya que él se fue por su voluntad. Luego, en 2001, en plena crisis, volvió a encontrarse con un cuchillo pero, esta vez, frente a otros animales: los cerdos.

L: Yo venía de trabajar en un frigorífico que competía con Swift en el mercado de Europa, el CEPA, y tenían tecnología de punta. Ahí adquirí mis conocimientos. Cuando yo me quedé sin trabajo, me presenté a este pseudofrigorífico de cerdos que era lo único que había. Me presenté a la mañana, yo conocía a la gente que trabajaba ahí, así que me hicieron entrar y empecé a trabajar. Mi jornada, ese día arrancó a las siete de la mañana hasta las doce de la noche. De más está decir que yo estaba contento por el hecho de tener trabajo pero después, con las condiciones en que yo encontré ese lugar, empezó a no gustarme demasiado.

A diferencia del primer matadero industrial en el que él trabajó, el «pseudofrigorífico» de cerdos presentaba una precariedad tanto en sus formas de trabajo para con los animales como para las personas que trabajan allí. SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria) habilitaba este lugar sólo para que asesinaran 200 cerdos por día pero, según el testimonio de Luis, los trabajadores triplicaban (obligados y presionados) esta producción.

L: Nosotros hacíamos el amague de que nos cambiábamos y nos íbamos pero, cuando SENASA se iba, esta gente, los dueños, levantaban todo y seguíamos faenando hasta las dos, tres de la mañana, de manera ilegal. El tema era que si nosotros hacíamos algún tipo de denuncia o decíamos algo nos quedábamos sin trabajo. En pocas palabras, se les saturaba todo lo que era el agua, el pozo, porque había un pozo para la sangre como un piletón enorme que medía media manzana, dividida en dos, donde iban todos los desechos porque no podían ir a un arroyo. Esto se saturaba y empezaba a desbordar los campos.

Empatía es uno de los valores que se busca reivindicar hacia los seres vivos y eso incluye también a las personas que están más cerca de ellos en sus últimos respiros. Los trabajadores que están inmersos en este sistema son testigos de momentos que difícilmente puedan borrar de sus mentes y, sumado a las condiciones de precariedad, se convierten en unas víctimas más de la perversidad que la industria cárnica pretende ocultar.

L: Voy al hecho de que estos animales estaban faenados de una manera… Yo no sé si decir que dentro de la ley «tenés que tener una forma de hacerlo». Ellos tenían una forma de hacerlo ilegal porque los electrocutaban y eso no es legal. Les daban 220 directo con una pinza en la cabeza, con el peligro que era también para la persona que manipulaba la pinza. Yo cuando veía eso quería huir, me preguntaban si me animaba a hacer eso y les decía que no, no podía verlo, o sea, es una escena horrible… Y cómo queda el animal, ¿no?

L: Eso era traumático, cómo quedaba el animal. Después, lo que sufren estos animales porque están en la manga y saben lo que va a pasar, porque escuchan lo que les está pasando a los que van adelante. Ese sonido que ellos deben identificar, esos gritos alertan a los de atrás. Y los de atrás no quieren caminar por la manga (la manga es por donde ellos van camino al matadero). A medida que ellos se van acercando a las pinzas, saben que se van a morir. Esa situación es algo que no puedo superar todavía, lo recuerdo y me pongo mal.

Respecto de la persona que realizaba esas tareas, el testimonio concluye:

L: Yo pienso que se ocultaba mucho detrás del alcoholismo. Nuestros encargados eran personas que eran totalmente alcohólicas, no sabían ni qué cobraban… El alcohol cumplía una función de dormir la conciencia de esas personas. Porque una vez faltó el muchacho de la sierra y me dijeron «andá a la sierra» y cortar esos animales en dos a mí me marcó. Creo que corté a dos y no pude hacerlo más, me temblaba la mano. Aparte te salpicas todo, es algo verdaderamente horrible. Después, con esa misma sierra conocí lo que era el cáncer porque el animal tenía cáncer y vi de qué se trataba, cómo estaba podrido por dentro ese animal

E. F: Vos estás hablando por un lado de un matadero chico, que aunque triplicaba su producción de 200 cerdos, seguía siendo chico y rozaba lo informal, y por otro lado de un frigorífico industrial de vacas que tenía una mayor producción y exportaba de manera internacional. ¿Qué conclusión sacás de los dos? ¿Hay uno mejor que otro?

L: Es exactamente lo mismo, son animales, vos no te podés olvidar de que son vidas. En el matadero de vacas yo me encontré con muchos no-natos siendo que mi esposa estaba por tener un bebé. Eso para mi fue un golpe tremendamente bajo en lo anímico. Por otro lado, yo tenía que llegar a mi casa y continuar con mi vida, no podía quejarme de mi trabajo, era lo que tenía, era lo que había. Que no me gustaba, te puedo asegurar que no y en cuanto me pude ir, me fui de los dos lados. No me imagino una vida siguiendo eso, el tema de matar cuando yo no mataba ni a una mosca. En un principio vos decís «Guau, estoy en un frigorífico que es internacional», pero es un matadero de vacas, de alguna manera se camufla.

L: Otra cosa que había de diferencia en los cerdos es que no se aprovecha la sangre. Eso va a un lugar, a ese sanjón, y contamina. Nosotros íbamos los jueves a hacer la limpieza y veíamos saltar… No sé si conocés la lombriz solitaria que tienen los humanos, porque viste que dicen que los cerdos son muy parecidos internamente al humano, y estas lombrices saltaban en la pileta de sangre, mugre, caca. Un olor que no se podía respirar y estos bichitos que eran largos así saltaban. Son imágenes que no te podés borrar. Es duro, la vida de la persona que trabaja de eso es dura. Por algo la mayoría son alcohólicos y mueren jóvenes.

L: Después, otra cosa: para darte un ejemplo, a las dos de la tarde parábamos para comer. ¿Qué comíamos? Cerdo, guiso de cerdo, milanesa de cerdo. O sea, pará un poco.

E. F.: Teniendo en cuenta estos dos trabajos, luego de estas experiencias ¿cómo cambió tu vida?

L: Por empezar, yo casi me enfermé mal de brucelosis, que es una enfermedad que ataca a la sangre por el hecho de estar en contacto con la carne y la sangre. Si vos te enfermás de brucelosis (en el matadero de vaca) y triquinosis (en el de cerdos), son dos enfermedades de la sangre de las cuales no te curás más, tenés fiebre y llegás a tener hasta 40º con convulsiones. Yo tuve pero superficial, me curé. Lo que puedo sacar de esto es que no volvería jamás a ese lugar, al matadero. Mirar a los ojos a los animales… No sos la misma persona después, al menos yo y calculo que mis compañeros tampoco, por eso el grado de alcoholismo.

E. F.: Estamos hablando de que esto es un sector de varones, ¿nunca viste a una mujer?

L: No, jamás, ni siquiera en el sector de empaque. Pura y exclusivamente de varones. Yo pienso que una mujer no podría. Si yo me sensibilicé con los bebés muertos de la vaca, imaginate una mujer que es madre. No solo eso, sino el hecho de ir avanzando hacia la muerte. Hubo un caso de un toro que se escapó, corrió por la ruta y se lo llevó puesto un Falcon y ahí murió. Pero los animales saben que van a morir, esa comunicación no te la olvidás, ese «muuu» de auxilio y ese quejido de los cerdos de que el que está adelante se está muriendo.

L: Hay cosas que yo no sé como calificarlas. Los bebés que quedan disputados de los cerdos, que son lechoncitos, quedan huérfanos porque matan a las mamás y los crían un tiempo más para después hacer una faena especial de bebés. Los lechones son codiciados en el mercado porque son chiquititos. O sea, si vos te ponés a pensar en todo esto… Por eso, yo hago hincapié en el alcohol, que es una forma de dormir lo que estás haciendo.


Si estás en contra de que se instale esta industria macabra en nuestro país, levantá la voz. Todavía no es tarde, no podemos permitir que esto continúe arruinando la calidad de vida de todos los seres vivos que nos rodean. Hagamos algo. Basta de falsas soluciones.


Fuentes:


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