#CicloCrisis: Labrar nuestros corazones y almas, paso tres

Las crisis dan cuenta de que lo que era ya no puede ser más. Las crisis quiebran, rompen y empujan a imaginar y crear nuevas maneras. Somos instades a soltar las viejas estructuras para animarnos a dejarnos caer en lo incierto de lo novedoso y distinto. Las crisis dan pánico, incomodidad, inseguridad, tristeza, alivio. No siempre son elegidas ni atravesadas con la convicción de lo imprescindible. Pero siempre son necesarias e ineludibles. El ciclo vital tiene sus crisis, los grupos humanos, las organizaciones, la historia humana; el planeta tiene sus crisis geológicas y geofísicas. Todo lo que vive y se mueve las tiene.

Hoy, una crisis civilizatoria, ecológica y climática perfora y compromete la vida en sus múltiples formas. Aun así, nos resulta engorroso tomar contacto con ella y, fundamentalmente, con lo indispensable que resulta la transformación a la que invita. Podríamos decir que los estados emocionales que activa un estado de crisis semejante no son fáciles de gestionar y por ello tanta dificultad. Sin embargo, sin negar esto primero, me atrevo a decir que hay algo propio de nuestros modos de vida hegemónicos que vuelve inaccesible esta aproximación. Hay dos peculiaridades que se complementan y retroalimentan a la perfección para consolidar este escenario: sabemos poco y nos conmovemos poco.

Por un lado, nos es posible reconocer únicamente parcialidades fragmentadas de la actual crisis. Nos resulta casi imposible valorar el entramado complejo —en el que todo tiene que ver con todo— que la conforma. Por el otro, tenemos bastante dormida nuestra capacidad de estremecernos. Nuestro repertorio de emociones se ha empobrecido y se ha circunscrito a la vida privada individual, lo cual vuelve difícil que seamos impactades por lo que sucede «afuera».

Estos dos atributos son constitutivos del modelo civilizatorio hegemónico, son parte esencial de sus narrativas de invisibilización, externalización, homogeneización (sinónimo aquí de universalización) e individualismo. Para empezar, me centraré en la segunda narrativa —nuestra constreñida emocionalidad—, porque nos permite adentrarnos en otro punto fundamental del modelo.

Entre tantas otras cosas, el modelo nos dicta cómo sentir y cómo gestionar nuestra emocionalidad. En realidad, sería más justo decir que el modelo en el que vivimos nos enseña poco sobre sentir y casi nada sobre nuestra emocionalidad. El abanico heterogéneo y multicolor que conforma la emocionalidad humana ha sido censurado y, en su lugar, se ha instalado un catálogo domeñado, pobre y, sobre todo, generizado. Quienes sienten son ellas. Quienes piensan —el pensamiento y el saber también se han canonizado— son ellos. El mundo se dividió, se delimitó, se marchitó.

La generización de «lo humano» —y lo no humano— es una de las manifestaciones del pensamiento binario que, desde la modernidad, ordena la realidad. El binarismo sistematiza al mundo en dos grandes conjuntos cuyos contenidos y características son exclusivos y mutuamente excluyentes. Todo pasa a definirse no solo por sí mismo, sino por lo que no es (por su par antagónico).

Es indudable que describir el mundo a partir de categorías de polos opuestos resulta en un pensamiento completamente limitado. Pero, desde algunas perspectivas, el pensamiento binario puede ser muy atractivo. En primer lugar, el binarismo simplifica. La realidad se clasifica y caracteriza a partir de un par de listados exhaustivos y completamente discriminados. Cada cosa integra solo uno de ellos. Pero, además, todo lo otro que integra el conjunto al que se pertenece también habla sobre une misme: no es lo mismo formar parte de la serie que integra a «lo civilizado» que aquella que incluye a «lo salvaje».

De esto se desprende el segundo punto que vuelve seductor a este pensamiento. El pensamiento binario está jerarquizado. Ser parte de uno u otro polo determina si se es parte de aquello que tiene estatus y reconocimiento en nuestra sociedad, o de aquello que no lo tiene. Claro que esto también simplifica. Las lógicas de valorización se vuelven fáciles: solo con identificar a qué conjunto forma parte aquello que queremos valorar, podremos enlazarlo con un montón de características que permiten esa valoración. Las lógicas de validación también quedan precisadas ya que lo validado pertenece solo a un conjunto, el superior.

Como última instancia atrayente está el hecho de que el binarismo no es solo una forma del pensamiento humano que ordena, define y simplifica las «cosas» del mundo. La humanidad misma es también fraccionada y repartida en estos dos polos antagónicos. Así se explican el androcentrismo, el etnocentrismo, el racismo, el clasismo, la heteronorma, el colonialismo, el capacitismo, el adultocentrismo.

Resulta evidente que esto resulta muy atractivo, principalmente, para quienes forman parte del conjunto que se ha adjudicado la supremacía: el varón, blanco, cis, heterosexual, profesional, de clase media, de mediana edad, racional, «capacitado», urbano, civilizado, con cultura. Pero, aun así, el pensamiento binario —tal como el modelo civilizatorio en su totalidad— no fue adoptado solo por «ellos», sino que se masivizó —ya sea vía aceptación o imposición—, volviéndose hegemónico y suponiéndose universal.

En este reparto de la realidad, las emociones quedaron en el conjunto subordinado. Su antagonista, como arquetipo de la evolución humana: la razón. Lo femenino, la naturaleza, el cuerpo, lo subjetivo, lo particular, lo privado, lo salvaje, la reproducción; subalternos. Lo masculino, la cultura, la mente, lo objetivo, lo universal, lo público, lo civilizado, la producción; enaltecidos. La limitaciones del binarismo se contagian a todo lo que tocan. Las emociones conciernen a las mujeres y a los cuerpos feminizados, pertenecen al ámbito privado del hogar y a sus vínculos íntimos, enlazan con lo salvaje y la naturaleza.

Para peor, lo limitado del binarismo se intensificó con el pensamiento lineal que instaló como única meta el «ir hacia adelante y por más»: el crecimiento ilimitado y la acumulación desmesurada. Así, lo «civilizado» tomó como punto de referencia una porción de la realidad y convirtió a todo «lo otro» en secundario, en utilitario o en desechable, según de qué se trate.

Y aquí se entrama la otra peculiaridad que señalé al comienzo: el saber poco. La crisis actual tiene su centro exactamente en aquello que este modelo hegemónico considera como «otredad»: el cuidado y la reproducción de los ciclos de la vida que secundariza; los territorios, ecosistemas y «naturaleza» que utiliza; y la diversidad de formas de vida y de relación con el mundo que desecha. Por ello, saber sobre esta crisis nos resulta tan difícil. Porque quienes sí saben sobre el estado de crisis son aquelles que, según este modelo, «no saben». Porque quienes ya viven en carne propia las consecuencias de sostener un modelo que pide a gritos transformarse son los cuerpos descartables y los ecosistemas explotables.

El modelo civilizatorio hegemónico conoce muy bien cómo invisibilizar sus mecanismos y formas de funcionamiento, pero más comprende sobre cómo amputar nuestras subjetividades, cómo cercenar nuestro entendimiento y cómo mutilar nuestras emociones. Sabe cómo suturar nuestra creatividad e imaginación sobre posibilidades de algo distinto. En pocas palabras, domina el arte de cincelar nuestros corazones y almas.

Es nuestra tarea empezar a brindar luz y voz a todo aquello que está silenciado, oculto y amordazado. Necesitamos reencontrarnos y abrirnos a la otredad, a lo diverso, a lo múltiple. El compromiso es con recuperar el cincel y labrar nuestros corazones y almas, para así aventurarnos a que la crisis actual nos atraviese, nos sacuda, nos atemorice, nos emocione. Solo así, sabremos lo necesario y urgente que es una transformación, un proceso de adaptación a lo que está llegando, una nueva manera de vivir(nos).


Imagen de portada: Florencia Carella


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