La deuda del impresionismo con las mujeres – parte I

Artículo colaboración escrito por Paula Loreti


Cuando pensamos en el movimiento artístico impresionista, pensamos en la París renovada tras el Plan Urbanístico de Haussman, propia del modernismo de fines del siglo XIX. Pensamos en paisajes al aire libre, retratos alegres y colores vibrantes con pinceladas abiertas que de cerca parecen manchas pero de lejos y en conjunto nos dan una forma reconocible.

Pensamos en lo disruptivo que fue que muchos de los artistas de este movimiento dejaran de pintar en el taller y salieran con sus caballetes al aire libre, frente al motivo del cuadro. Pensamos en cómo las obras de este movimiento captan un instante, un momento, como sucede en la fotografía.

Mary Cassatt.

Pensamos todo esto pero solemos omitir a las pintoras de este movimiento que llevan consigo una historia apasionante sobre cómo se hicieron paso en un mundo donde eran marginalizadas y no tenían permitido formarse en la Escuela de Bellas Artes (recién fueron aceptadas en 1897) y, aún menos, pintar en público, algo indispensable para el movimiento. 

Dentro del impresionismo hubo numerosas mujeres, como Berthe Morisot, Marie Bracquemond, Mary Cassatt y Eva Gonzalès. Ellas se destacaron por haber vendido una cantidad considerable de cuadros y haber participado en varias exposiciones (los impresionistas, por haber sido tan disruptivos en la escena artística de París, fueron rechazados en un comienzo, razón por la cual expusieron de esa forma y no en salones). 

El foco del impresionismo, orientado a la cotidianidad y con cierta cercanía a la burguesía, le permitió a estas artistas entrar en la escena después de ser rechazadas porque se consideraba que «no tenían el conocimiento de la anatomía humana», ergo, no podían representarlo. Es importante hablar de estas mujeres porque fueron las primeras en lograr ejercitar su derecho de exponer su arte y practicarlo en donde quisieran, no solo en los espacios domésticos.

Berthe Morisot.

Según las prácticas sociales del momento, una mujer joven (como eran estas cuatro pintoras) no podía salir sola a la calle sin compañía. El hecho de que una mujer no solo saliera sola, sino que se pusiera a pintar en la calle, en un bar, o en un teatro, tal como hacían los pintores, representaba un acto de rebeldía para la época.

Si hay algo para destacar de la relación de las mujeres con el impresionismo es que este fue un movimiento donde hubo un mayor número de mujeres participantes y, además, tenían buena relación con algunos de los pintores más destacados del movimiento: Manet, Renoir, Monet y Degas, entre otros.

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Marie Bracquemond.

Al no poder formarse en la Escuela de Bellas Artes, las mujeres debían realizar su formación a través de academias particulares, como fue la de Rodolphe Julian: una academia no oficial en donde las mujeres podían seguir el mismo plan de estudios que los hombres recibían en enseñanza oficial.

Estas mujeres también solían frecuentar el Museo del Louvre a donde sí podían ir, al igual que los hombres, para copiar a los grandes artistas, formándose en la composición, en la aplicación del color y en las diferentes técnicas.

Aunque ninguna de ellas procedía de familia de pintores, sí tenían orígenes burgueses, lo que les permitió acceder desde muy jóvenes a una educación artística estimulada desde el seno familiar. En esa época estaba bien visto y hasta se fomentaba que las mujeres se dedicaran a la pintura por afición, como un hobby, pero hasta ahí llegaba lo permitido. Que las mujeres quisieran dedicarse como profesionales inquietaba a prejuiciosos y retrogradas.

Eva Gonzalès.

Pero si algo nos enseñó la historia es que siempre hubo personas dispuestas a desafiar lo establecido con tal de perseguir aquello que dentro suyo latía más fuerte que cualquier obstáculo o miedo. ¿Querés saber más sobre quiénes fueron estas mujeres que rompieron las reglas a través del arte? Te invitamos a enterarte en la segunda parte de esta nota, que estará disponible el próximo viernes.


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