¿Sexta extinción masiva? Informe Planeta Vivo 2020

En los últimos 50 años, enormes cantidades de especies animales y vegetales han desaparecido. Territorios de grandes dimensiones han sido alterados y contaminados. La salud del planeta está en riesgo y también la nuestra como parte de este. Una sexta extinción masiva solo podrá ser contenida si transformamos las bases mismas del sistema en que vivimos: sobreexplotación e inequidad.

INFORME PLANETA VIVO 2020

«La naturaleza, nuestro sistema de soporte vital, está disminuyendo a un ritmo asombroso». Esta afirmación resume las principales conclusiones del Informe Planeta Vivo 2020[1] que el Fondo Mundial para la Naturaleza (más conocido como WWF, World Wildlife Fund) publicó hace pocas semanas.

El Informe Planeta Vivo cumple este año su 50 aniversario. Desde 1970, el WWF hace un seguimiento de casi 21.000 poblaciones de mamíferos, aves, peces, reptiles y anfibios en todo el planeta. Los informes, que son bianuales, reflexionan a partir del Índice Planeta Vivo (IPV), indicador que recoge las tendencias poblacionales de las especies para calcular sus cambios porcentuales medios en términos de abundancia. Además, abordan las transformaciones en la biodiversidad del suelo y de la vegetación. Estos datos permiten revelar la salud general de los ecosistemas.

Los números que presenta el Informe 2020 no son nada alentadores:

  • El IPV Global 2020 detecta una disminución media del 68% de las poblaciones estudiadas de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces. El resultado más impactante es la reducción del 94% en América Latina y América Central.
  • Las poblaciones evaluadas por el IPV de Agua Dulce (que representan a 944 especies de mamíferos, aves, anfibios, reptiles y peces) han disminuido una media de 84%, equivalente al 4% anual desde 1970.
  • Hasta un 75% de la superficie terrestre no cubierta de hielo ya ha sido significativamente alterada, la mayoría de los mares están muy contaminados y se ha perdido más del 85% de los humedales.
  • El riesgo de extinción de las especies vegetales es comparable al de los mamíferos y más alto que el de las aves. El número de plantas extintas documentadas es el doble que el de mamíferos, aves y anfibios juntos. La biodiversidad vegetal global muestra que una de cada cinco especies (22%) está amenazada de extinción, en su mayoría en zonas tropicales.

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Los datos son alarmantes y desgarradores. La salud de los ecosistemas es esencial e indisociable de la salud de la humanidad. El Informe da cuenta de que, a este ritmo, la posibilidad de que la vida en este planeta sea inviable está demasiado cerca. La sexta extinción masiva ya está sucediendo.

Sin embargo, así plasmados, los datos parecen aislados de nuestra vida cotidiana, de nuestras sociedades, nuestras economías y nuestras políticas y nada es mas erróneo que esa percepción. En los últimos 50 años —los mismos que acaba de cumplir el Informe Planeta Vivo—, las transformaciones en la humanidad han sido gigantescas y es imposible disociarlas de las que acontecieron en la biodiversidad planetaria.

Desde 1970 a la fecha, la población mundial se ha duplicado y superó los 7.000 millones, el capitalismo globalizado ha recrudecido su afán de acumulación de poder y capital, las naciones y los gobiernos han quedado sujetos a las voluntades privadas del mercado, los sistemas de producción han crecido exponencialmente en tamaño y tecnología, la cultura del consumo y el descarte ha alcanzado dimensiones nunca antes vistas.

Todos estos cambios, impulsados principalmente por un modelo civilizatorio que colonizó cada fragmento de la humanidad, se dieron a costa de los ecosistemas: sobreexplotación de recursos naturales, extracción de hidrocarburos de formas no tradicionales, expansión de las fronteras productivas y agrícolas, deforestación, industrialización del sistema alimentario, uso masivo de agrotóxicos, emisión desmedida de gases de efecto invernadero, sobrepesca, alteración de los suelos, contaminación de las aguas y el aire a través de los desechos y la basura. El lazo que liga nuestra interdependencia y responsabilidad para con todo lo otro que existe en el planeta se rompió.

PRIMERA ANIQUILACIóN MASIVA

En esta línea, muchos especialistas han preferido nombrar a este proceso de extinción global como la era de aniquilación biológica. Con ello buscan destacar el papel principal que el accionar humano tiene en esta destrucción. Así, en vez de hablar de una sexta extinción masiva, hablaríamos de la primera aniquilación biológica: la primera extinción a cargo de una sola especie, la humanidad. Los conceptos de antropoceno y terricidio sustentan y enriquecen esta perspectiva.

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¿Es posible poner freno a este proceso? ¿Podemos reconciliarnos con el planeta del que somos parte? ¿Es plausible una restauración de lo dañado? El Informe Planeta Vivo 2020 abre una ventana en este sentido e invita a «revertir la curva». Para ello propone dos ejes en los que deberemos enfocarnos si queremos realinearnos con todo lo que vive y con nosotres mismes. Por un lado, destaca la importancia del incremento en el esfuerzo de la conservación de los ecosistemas y su biodiversidad. Por el otro, pone el foco en lo necesario de la reestructuración de nuestro sistema alimentario, tanto en sus modos de producción como en su consumo.

Me gustaría, además, proponer un tercer eje. Sostengo que es indispensable quebrar la complicidad y subordinación de nuestras instituciones gubernamentales y del conocimiento —ciencias y universidades—. La inequidad y la dominación son las bases constitutivas de la aniquilación biológica a la que nos enfrentamos. La devastación de los ecosistemas se corresponde con la opresión y el exterminio de culturas y saberes. No es casual que el Índice Planeta Vivo difiera tanto entre Norte —33% en América del Norte— y Sur —94% en América Latina y el Caribe—. Esa desigualdad fue planificada y su punta de lanza es la distribución internacional del trabajo.

Los países del norte —los países «desarrollados»— conminaron a los países del sur —«subdesarrollados»— a ocupar el rol de exportadores de materias primas, de sus recursos naturales. Así, a fuerza de desequilibrios económicos e inestabilidades sociales provocadas, los países del sur quedaron fragilizados en sus instituciones y dependientes en sus economías de divisas internacionales. La sobreexplotación de sus recursos naturales —y también humanos— se presenta como la única alternativa. De esta manera, gobiernos e instituciones del saber quedaron maniatados a las prescripciones de quienes detentan el poder y el capital. Pero nada es tan simple. Hoy, en la mayoría de los casos, la subordinación se volvió complicidad, las voluntades ajenas se hicieron propias y, así también, sus consecuencias.

Como ciudadanes planetaries es preciso que transformemos nuestros hábitos, cuestionemos nuestros consumos, restauremos nuestros vínculos y exijamos responsabilidad a quienes dicen representarnos. El desequilibrio ecológico y la inequidad social que desnudó y agudizó la crisis de la COVID-19 son una alarma para nuestras conciencias dormidas. El Informe Planeta Vivo 2020 es una muestra más de nuestra ecodependencia que hoy, más que nunca, debemos abrazar y cuidar.


[1] Se puede descargar un resumen aquí.


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Un comentario

  1. La angustia que me dio al leer y darme cuenta que formo parte de un mundo que está tan roto, que no mide en una escala de valores lo que es realmente importante. Los países del norte tienen una gran deuda ecológica con los países del sur, ¿hasta cuando vamos a permitir que sigan explotándonos? Excelente nota, Caro.

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