Alfonsina Storni: derribar su muerte y leerla ardiendo

Artículo escrito en colaboración por Eugenia Jambruia y Julieta Iriarte


Hoy, 25 de octubre, se cumplen 82 años del fallecimiento de Alfonsina Storni, una de las poetas y referentes feministas más importantes de Hispanoamérica. 

Si bien se la vincula directamente con la —curiosa— manera en que dejó el mundo terrenal, Alfonsina supo mostrar, a través de sus escritos, una crítica feminista con respecto a lo que se esperaba del ser mujer. 

Nació en Suiza en 1892 después que, por recomendaciones del médico de la familia, sus padres decidieran irse de vacaciones para disminuir las tensiones que estaba trayendo la caída del negocio de su padre en la provincia de San Juan, Argentina. Atravesó su infancia trabajando mientras padecía los vaivenes económicos que terminaron de estallar cuando falleció su padre en 1906. Sin embargo, pudo viajar a Buenos Aires (desde Rosario, donde residía), recibirse de maestra y llegar a ser directora de un colegio en la localidad de Marcos Paz. 

Los primeros trazos de Alfonsina Storni los dio de chica, al dejarle bajo la almohada un poema a su madre en el que hablaba de la tristeza de la vida. Esa mirada oscura la mantuvo a lo largo del tiempo a la vez que se fue profundizando debido a los constantes episodios de depresión que sufrió. 

En una Argentina donde el feminismo empezaba a dar sus pasos (para 1910 se había hecho el Primer Congreso Femenino), en particular luchando por los derechos cívicos con referentes como Julieta Lanteri, Alfonsina Storni se dedicó a plasmar en libros y poemas ciertas críticas al rol asignado socialmente a la mujer y los estereotipos construidos alrededor del género. 

Para la época de 1910-1920, solamente los «varones calificados» podían votar (en la Ley Saenz Peña las mujeres no tenían prohibido votar de forma expresa pero solo podían hacerlo quienes estaban en el padrón del servicio militar, es decir, los varones) y Alfonsina dedicó varios textos para esgrimir su repudio. Uno de ellos fue publicado en 1920 en el diario La Nación con su seudónimo, Tao Lao, en el que hablaba del segundo simulacro de voto femenino dando estadísticas sobre quiénes eran las votantes y destacaba la organización de la Unión Feminista Nacional (en la que estaba Alicia Moreau).

Como decía Virginia Woolf: «En la mayor parte de la historia, “anónimo” fue una mujer» y Alfonsina no fue la excepción. En ese tiempo, poder habitar el terreno del pensamiento y la acción no solo era osado; además, era muy difícil de lograr. Storni le puso el cuerpo a la poesía y al periodismo y desde allí construía su lugar en el mundo y abría paso.

Debemos recordar que la historia literaria no escapa a la historia contada por hombres, así como también los libros que nos llegaban, la información que circulaba, entre otras cuestiones. Es por eso que debemos, como tarea de reconstrucción, volver otra vez a leer a Alfonsina. Debemos olvidarnos de esa mítica muerte, debemos olvidarnos por un momento de aquella «Alfonsina vestida de mar» para poder ver realmente a esa mujer pionera y feminista, una mujer revolucionaria para la época. 

Alfonsina era imagen pura en sus textos, podemos ver todo eso que nombra. Cada metáfora es un continuo ir y venir entre la vida y la muerte; entre los polos opuestos de lo que significa estar viva, estar ardiendo y escribir. En ese juego dialéctico, la libertad era toda de ella. Logró, a partir de su libro Languidez (1920), crear algo nuevo. Romper la métrica, utilizar una primera persona, tomar términos que provenían de la oralidad y lograr un efecto maravilloso que agradecemos hasta hoy. 

«Mundo de siete pozos»

Se balancea,
arriba,
sobre el cuello,
el mundo de los siete pozos:
la humana cabeza.
(…) Y se abren praderas rosadas
en sus valles de seda:
las mejillas musgosas.
Y riela
sobre la comba de la frente,
desierto blanco,
la luz lejana de una luna muerta (…)

Mujer inquieta, mujer andante. Incursionó también en la dramaturgia y en el teatro para niñes. En el año 1927 estrenó en el Teatro Nacional Cervantes la obra El amo del mundo; en 1931, Dos farsas.  Y en su andar de libertad tuvo, también, la valentía de ser madre soltera en una época en la que eso era algo inaceptable. Todo lo plasmó en su obra: todo lo que en ella habitaba nacía en forma de palabras.


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