Medio siglo de ecofeminismo: grandes nombres y debates

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Artículo escrito por Luciana Vartabedian.

El ecofeminismo es un movimiento profundamente antropológico, ligado a la experiencia de los cuerpos feminizados con el sistema de acumulación y desarrollo actual, que se sostiene con la explotación del género y de la naturaleza. Integrado por múltiples perspectivas, construye teoría y prácticas desde la urgencia que presenta el potencial colapso ambiental.

El ecofeminismo surgió de varios movimientos sociales de finales de los años setenta y principios de los ochenta: el feminismo, el movimiento pacifista y el movimiento ecologista. Sin embargo, solo alcanzó popularidad en el contexto de las muchas actividades y protestas contra la destrucción ambiental que se iniciaron a raíz de los desastres ecológicos más recientes. Así, se convirtió en una de las más concretas denuncias sobre las formas insostenibles del modelo de desarrollo capitalista y su premisa de acumulación sin mesura, que lleva a la destrucción del planeta y, por lo tanto, a nuestra destrucción.

El término «feminismo ecologista» o ecofeminismo dista mucho de ser biologicista, a pesar de que muchos críticos insisten en ese punto. En realidad, y a grandes rasgos, es un análisis de las formas de explotación en la sociedad, sobre todo hacia las mujeres y la naturaleza. Es un movimiento que comprende la importancia de valorar y preservar los ecosistemas y deja de ver a la cuestión ambiental como una agenda particular y, en contraposición, la ubica como un marco general que cruza horizontalmente todas las cuestiones que atañen a una comunidad.

Si bien la teoría es muy extensa para plasmar en una única nota, hay una dimensión que diferencia particularmente a esta corriente y es, justamente, su variable multicultural. Tiene representantes tanto en el occidente, como en el oriente, en el sur y en el norte. Es uno de los ejemplos más concretos de la forma en que el feminismo debería tejerse en red.

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Vandana Shiva es una de las más importantes referentes. Esta física, escritora y filósofa india viene siendo definida como una de las ambientalistas más influyentes, de manera imperturbable y hace años, por publicaciones tales como el Times, Fortune y The Guardian. Como científica asegura que la ciencia occidental es lo más anticientífico que existe. Para ella, la gran mayoría de sus integrantes (que a la vez son la minoría a escala mundial) hacen una apología de la biotecnología y la transgénesis.

Nacida en el Himalaya, la principal bandera de Shiva es lograr la desaparición del agronegocio. En este sentido, creó el movimiento Navdanya, que transformó a las semillas libres en la punta de lanza de este urgente cambio de paradigma: por la ciencia digna y contra el cambio climático, la inseguridad y falta de soberanía alimentaria, la mercantilización de los bienes comunes; pero también, contra los efectos menos evidentes del sistema: la violencia, la criminalidad, la falta de empatía.

Yendo hacia nuestras tierras, el ecofeminismo del sur también tiene grandes exponentes. Tal es el caso de Maristella Svampa, una socióloga argentina referente del ecofeminismo de supervivencia. Uno de los tantos diferenciales de Svampa es la forma en que piensa la problemática socioambiental: en clave latinoamericana. Para ella, en su versión libre de esencialismos: «El ecofeminismo aporta una mirada sobre las necesidades sociales, no desde la carencia o desde una visión miserabilista, sino desde el rescate de la cultura del cuidado como inspiración central para pensar una sociedad sostenible, a través de valores como la reciprocidad, la cooperación y la complementariedad». Svampa insiste en que en el proceso de feminización de las luchas, las mujeres de las organizaciones indígenas, los movimientos socioambientales y las ONG ambientalistas tienen un lugar central.

En España, Alicia Puleo plantea que «el objetivo más profundo de la filosofía ecofeminista es una redefinición del ser humano que implica una redefinición de los demás seres vivos para habitar más pacíficamente la Tierra».  Para ella, si bien las mujeres son las grandes impulsoras del movimiento ecologista, es necesaria la intervención de los varones para ir en contra del arraigamiento del sistema. Puleo es autora del reciente libro Ecofeminismo para otro mundo posible, que propugna una nueva corriente que ella denomina «ecofeminismo crítico».

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Otro nombre fundamental en este fugaz repaso por las perspectivas ecofeministas es el de Petra Kelly, quien a los 32 años fue cofundadora del partido verde alemán Die Grünen. En 1982 recibió el Right Livelihood Award, conocido como el Premio Nobel alternativo, por su «nueva visión al aunar ecologismo, pacifismo, justicia social y derechos humanos». Tal y como ella afirmaba: «existe una relación clara y profunda entre militarismo, degradación ambiental y sexismo».

Por último, también cabe destacar la teoría de la brasileña Ivonne Gevara, católica (aunque continuamente censurada por la Iglesia), filósofa, teóloga y ecofeminista de Brasil. Ella sostiene que la justicia social implica también la ecojusticia, que centra su actividad en los derechos de las mujeres inmigrantes doblemente penalizadas por su género y su origen geográfico. Para Gevara, el ecofeminismo es una forma de pensamiento y un movimiento social que parte de la conexión ideológica que en el sistema patriarcal existe entre la explotación de las mujeres y la explotación de la naturaleza.

Todas estas referentas nos mostraron claramente una premisa que tienen todos los grupos ecologistas: no se deviene ambientalista por elección, sino por obligación. La inacción ante un mundo cuya biodiversidad se perdió hasta en un 94% (como es el caso de América Latina y el Caribe, según el Informe Planeta Vivo 2020), no es más que ecocidio.

El ecofeminismo llegó y ya está moviendo masas. Un enorme camino lleno de instereccionalidades se despliega por delante de él.


Fuentes:

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