#Reseña Gambito de dama

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Artículo colaboración escrito por Carla Daniela Benisz


La cuarentena me hizo consumidora de series. Por lo que pude observar en mi aún corto paso por la plataforma, las series de Netflix tienen un particular interés en la construcción de narraciones como edificios en los que no sobra, ni falta, ningún ladrillo; un edificio dividido en unidades mensurables de la emoción. Ciertas –no todas, pero sí una cantidad que permita recordarlas– aperturas o esquinas de ese edificio están embellecidas con algún cruce dialógico que deja entrever sesgos poéticos: hay líneas memorables, hay actuaciones muy buenas, pero lo importante es siempre el edificio.

Su estricta concatenación de ladrillos es lo que logra el efecto entre teleológico y adictivo de cada final de capítulo, más intenso en cada final de temporada. Netflix creó su propio artefacto y Gambito de dama –la actual serie de moda– funciona. Seguramente esta descripción resulta redundante para el habitual consumidor de series que debe conocer mucho más que yo este edificio. Solo voy acomodando las piezas para explicar el recorrido. 

Fuente: Netflix.

Ya descartado el hecho de que Gambito de dama funciona en ese dispositivo, y como sé más de feminismo que de series, también me pregunto a qué se debe la intención de que esta serie acomode sus ladrillos sobre una temática de género. Veamos: una joven ajedrecista norteamericana que se destaca desde niña por su talento dentro del universo estrictamente masculino del ajedrez en el contexto de la Guerra Fría. Es huérfana, de pobreza material y afectiva, con una madre genial y suicida. Su infancia transcurre en un internado.

Beth, la protagonista, es de una subalternidad medida. Porque, si bien como mujer y huérfana sufre la opresión, todavía la rodea un Estado de bienestar que le permite el acceso al ajedrez, a la educación, al centro del mundo occidental que ella misma habita, a una madre adoptiva que transitoriamente la contiene. Sobre esos despojos de bienestar, que el pobre de país rico usufructúa, Beth pivotea su talento.  

Fuente: Tumblr.

Vuelvo a la pregunta: ¿por qué sobre esta vida de mujer oprimida (no tanto como otras, pero sí bastante) erige Netflix su edificio de moda esta temporada? Dos respuestas inmediatas y extremas pueden ser: uno, oportunismo ante el avance del movimiento de mujeres y disidencias; dos, porque esa subjetividad oprimida habilita intensos recursos poéticos al drama.

Entre estas dos respuestas, podemos llevar -con cierto optimismo- un trazado que, sin embargo, termina cancelándose en el capítulo final. Intentaré no spoilear pero allí se cancela esa fuga lírica que habilitaba la locura de la madre, y no me refiero al suicidio.

De modo que finalmente la serie termina resultando agridulce. Si hacemos «la fácil» (pero no menos cierta), vemos que (casualmente) guionistas, creadores y directores de la serie son varones. Pero no vamos a ir por la fácil porque son mejores las partidas largas.

Por empezar, la serie me recuerda a algo que dijo Lucrecia Martel cuando coqueteó con la posibilidad de dirigir en Hollywood para Marvel: «Sustituir un héroe por una heroína no es suficiente; es el género lo que hay que repensar, la concepción de qué es acción, de si es posible pensar un género de acción sin enemigos o si siempre hay que construirlo»1.

Repensar cómo Hollywood construyó la idea de «cine de acción» a partir de parámetros estéticos como el antagonismo extremo e identificable, la peripecia en constante aceleración, la violencia con función escatológica, la acentuación de los valores viriles tradicionales, sería también repensar la lógica cultural del patriarcado contemporáneo de una forma mucho más estructural y profunda que el cambio de la figurita masculina por una femenina, lo cual, sin todo ese background, es maquillaje u oportunismo. 

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Algo de esto sucede en Gambito de dama. Hay una heroína que sufre opresión específica por ser mujer, pero en el transcurso de la trama se guía por el nivel de la violencia. En este caso, Beth no es tan distinta a otras heroínas hollywoodenses de la gesta deportiva como, por ejemplo, la Michelle Rodríguez boxeadora de Girlfight (2000), una película de hace 20 años. Es decir que Gambito de dama no parece haber sido atravesada, en su forma de representar el drama histórico del sujeto, por la expansión de la lucha de las mujeres de los últimos años.

Fuente: Netflix.

Pero, además, cambiar el deporte nos permite evidenciar la violencia, que en el mundo del ajedrez es la tensión de la competencia, como motor propio de una sensibilidad todavía patriarcal aunque para una trama que tiene pretensiones de mensaje emancipatorio. Beth Harmon vence porque es extremadamente talentosa en el terreno en el que se bate2. Porque hay una porción de la experiencia en este universo en la que ella es la mejor, en la que ella puede dominar. Su genio (el argumento de la serie habilita este desvío romántico) es acaparador y –en términos psicoanalíticos– fálico. La reparación de su daño a través de sus victorias en el ajedrez genera un efecto placebo pero gozoso a las dañadas que seguimos su peripecia desde el sofá. En el tablero, Beth repara a su madre, una genia matemática y «loca», y a su madrastra, una pianista talentosa pero fóbica.

Ahora bien, ¿qué tiene para decirnos este oportunismo de Netflix con una vida de oprimida espectacularizada a las que no somos geniales deportistas, ni músicas, ni artistas, ni tenemos ningún talento capitalizable para el mercado que nos individualice? ¿Qué nos dice este drama a las mediocres?

Que la oprimida sea genial deja un mensaje por la negativa. No da herramientas para la liberación; al contrario, la hace más lejana, ya que no es en sus victorias inalcanzables sino en el pathos donde nosotras logramos identificarnos. De hecho, podemos sentir con la Beth del ascensor ante los ajedrecistas soviéticos que la visten con todas las adjetivaciones de la tradición patriarcal (ebria, impulsiva, peligrosa) cómo se reproduce el imaginario hegemónico del enojo femenino, en el que depositan nuestras iras como si estas fueran fuego autoinducido.

Fuente: Netflix.

La serie no está obligada a dejar mensaje o dar herramientas, podría argumentarse, y eso sería muy cierto también, pero con ese argumento se evidencia el oportunismo del guion. La opresión de género es un vestido a la moda de la sensibilidad actual para seguir vendiendo la misma estructura dramática de siempre.

Claro que el guion es cuidadoso en mostrar otras posibilidades de desvío de la norma patriarcal (abogadas, médicas, aunque siempre en la lógica de la superación meritocrática) y en destacar la solidaridad femenina. De hecho, Netflix parece estar escribiendo su propio manual del «buen feministo». Y, eso sí, porque es manual, porque implica una guía externa que regula, porque indica cómo aplicar valores que no están internalizados como educación sentimental: eso sí es el esplendor de la corrección política como vacío y como impostura.


Fuentes:

1Infobae

2Página 12


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