30 de diciembre

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Aquella noche era la tercera vez que Maricel se despertaba agitada, interrumpida por un sueño pesado pero que no se lograba conciliar. Desde la altura de la cucheta, visualizó el reloj despertador en la mesita de luz. 

Las manecillas recién tocaban la medianoche. 

Quizás era por el calor o por el agotamiento adolescente que ese jueves la habían llevado a la cama tan temprano. Giró hacia su derecha y quedó de cara al techo, con sus ojos totalmente abiertos. 

Del cielo raso colgaban las últimas estrellitas de plástico que había cambiado en el kiosco por seis tapitas cada una con la promoción de Navidad. Brillaban en la oscuridad de la habitación. Las había ubicado justo arriba de su cabeza para encontrarse con ellas antes de dormir y después de despertar. Tenía cinco, una ya se le había caído y las otras dos se las había regalado a Román. Su querido Román. 

Su hermano roncó con suficiente volumen para irrumpir sus pensamientos y Maricel pudo escuchar la patada sonámbula con la que se quitaba de un tirón las sabanas del hombre araña. Al menor de la casa le tocaba la peor parte de la cucheta. Maricel lo había tenido que bajar de su cama a tironeadas para que la deje dormir en paz, para que la deje echar lágrimas sin control en su almohada.

Estaba decepcionada y encabronada. Ella no debía estar allí, con las patas casi colgando del colchón y la mirada empañada absorta en lo fluorecente de las estrellas. Había aprobado todas las materias y hacía prácticamente un mes que no había pisado más la escuela. Hasta matemática había dado, una constante de la mesa de febrero. Se había armado su camino al polimodal libre de materias previas. El trato con su mamá siempre se basaba en eso: «Vos estudiá y cuidá a tu hermano que del resto me encargo yo»

Con cuidado de no despertar a su hermano, estiró medio cuerpo y se dejó caer para llegar al cajón de la mesa de luz. Con la tenue luz de la luminaria que entraba por la ventana, tanteó el interior del cajón y sacó una carta. Se volvió a acostar en su cama y la observó en la oscuridad. No necesitaba ver con claridad para leerla, lo recordaba de memoria.

En el pliegue del frente, se leía «Román» con letra imprenta-cursiva mezcladas. Desplegó la hoja rayada N°3 hasta encontrarse con su propio trazo azul, que escribía unas diez líneas. Maricel lo había planeado todo. La rudimentaria carta sería su plan B en caso de que el sonido de su primera cita fuese tan alto que no pudiesen hablar. Bajo ningún concepto iba a dejar que su declaración de amor se le escape otro año más. Si tan solo no hubiese sido tan cobarde…

En el margen inferior derecho, justo debajo de su firma, se encontraba pegado un recorte de revista que publicitaba el canje de tapitas por estrellitas. Sin razón aparente, Maricel sintió sus mejillas tomar temperatura y dejó escapar una risa de manera risueña. 

-Pero yo no te compré nada- se había lamentado la tarde del 25, cuando Román pasó por su casa para dar el saludo de Navidad y le entregó un sobrecito de diario. 

-Regalame un par de esas estrellitas de la propaganda y estamos- había respondido él, en forma de broma. 

Dentro del sobre, había un billete de cinco pesos algo percudido y con ranuras pegadas con cinta scotch

-Me dijiste que te faltaban cinco pesos para la entrada- había agregado con una sonrisa vergonzosa.

Ahora, en su cama, Maricel seguía conmovida por ese gesto aunque también le angustiaba todavía tener el billete, sin haberlo gastado. Era el empujón que necesitaba, era la confirmación después de años de juegos y juntadas en el barrio. Era el pie para poder decir en voz alta que estaba enamorada de Román, lisa y llanamente. Román, con sus 17 recién cumplidos y con la actitud de pibe que solo caminar le bastaba para levantar suspiros en el barrio. Román, que había repetido segundo de polimodal y que podía estar hablando un día entero sobre rock nacional. Román, que llevaba su remera de Callejeros a todas partes. 

Era todo lo que Maricel quería en ese momento. 

Se lo había explicado a gritos a su mamá. Le había suplicado que la dejara ir al recital, que había ahorrado por sus propios medios para la entrada. Que iba a ir con Román, que la iba a cuidar porque era más grande, que lo conocían de toda la vida y sabían que no era mal pibe. 

Sin siquiera levantar la cabeza y sin titubear ni una palabra, su madre le había refutado con las mismas palabras sus argumentos. Que ella todavía era chica, que eran muy distintas las edades, que Once quedaba muy lejos y que con la cantidad de gente Román no la iba a poder cuidar todo el tiempo. Que Maricel no tenía idea de cómo iba la cosa en esos lugares y que así como conocían al vecino de toda la vida, sabía en qué estado iba a terminar. 

Maricel había desbordado en ira y lágrimas y se había encerrado en su habitación al grito de «ya entiendo por qué Florencia se fue a la mierda de esta casa». Desde ese día, con su madre no habían vuelto a hablar. 

En los días posteriores, Román le había sugerido que se escapara, que aprovechara que su mamá esa noche estaba de guardia en el Ramos Mejía y que nunca se iba a enterar. Que él la pasaría a buscar y estaría siempre con ella. Hasta le había dibujado un croquis del recorrido del colectivo que debían tomar. Que llevara el DNI pero que si su madre se lo escondía que no pasaba nada, que entraba igual… 

A Maricel le resbaló una lágrima por la cara. Se arrepentía de haberse negado. De ser tan nena de mamá. Giró hacia la mesita de luz y ajustó la vista para ver el reloj una vez más. 

Una de la madrugada. 

Consideró levantarse y prender la televisión del comedor, pero lo mejor que podía hacer en ese momento era esperar que pase la noche para volver a ver a Román. Con el calor latiéndole en la frente y la garganta sofocada en palabras sin decir, dejó la hoja de papel debajo de su almohada y cerró los ojos, decidida a dormir.

Al otro día, con algo de suerte y magia, quizás su declaración de amor estaría ambientada por brindis con sidra barata y miradas nostálgicas a los fuegos artificiales en el cielo.


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