Es con todas (y todes)

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Un nuevo 8M pasa. Esta vez un poco diferente en un año diferente. El glitter, los pañuelos, los carteles, las pancartas y las banderas que suelen teñir las calles del país –y del mundo– por estas fechas, se entremezclan con las caras ceñidas por barbijos de lo más diversos e innumerables pomos de alcohol en gel. Se vislumbran incluso algunos rostros recubiertos por máscaras y cascos protectores de Covid-19.

Las laringes forzadas por la poca resonancia de las mascarillas no impiden oír los cánticos característicos ni los gritos de furia de cada une de les presentes. Miles de mujeres congregadas una vez más, dispuestas a derribar a fuerza de pico y pala los cimientos de la gran muralla que divide a los mortales con vulva respecto a sus pares con pene. Bueno, algunos.

Sucede que el abanico de la diversidad humana es muy grande, pero tal como termina por suceder en otras esferas de la vida, la libertad se limita para unos pocos. Podríamos pasarnos horas describiendo y debatiendo acerca de las estructuras falocéntricas sobre las que se levantan nuestras sociedades y nuestras culturas. Litros y litros de tinta se han volcado en teorías sobre el régimen patriarcal que nos sostiene (¿o sostenemos?).

Pero lo cierto es que nadie, al menos hacia el interior del movimiento feminista, niega ni pone en discusión el poder que otorga portar un falo entre las piernas. Ni siquiera nosotras, las mujeres trans y las travestis, quienes por este motivo somos colocadas frecuentemente en el banquillo de les acusades poniendo en tela de juicio nuestra identidad como mujeres. Incluso si somos de las que, cirugía mediante, también tenemos vulva, con toda la carga cultural y simbólica que ello significa.

Una historia de prejuicios

Han pasado 30 años desde que Judith Butler irrumpió al feminismo con El género en disputa y cientos de miles de estudios similares le precedieron. Aun así, se nos sigue culpando de perpetuar estereotipos de género, de misoginia y hasta de ser «hombres infiltrados que quieren apropiarse del feminismo». Algunos discursos más «moderados» afirman que lo que sufrimos no es opresión, como las personas nacidas con vulva, sino discriminación. Como si una cosa fuese mejor que la otra o no existiese de igual manera una situación de desigualdad que atenta contra nosotres (incluyendo varones trans y no-binaries). Lo cierto es que, más allá del carácter de odio que se le pueda asignar a estos razonamientos, quienes tenemos una mirada social crítica no podemos dejar de analizarlos y comprenderlos en su contexto.

La imagen monstruosa que el patriarcado se ha encargado de construir socialmente sobre nosotras hizo a nuestra reputación dentro de los feminismos. Hasta hace no mucho tiempo, era inmediata la relación entre travestismo, venta y consumo de drogas, robos y prostitución que se cruza por la cabeza de muchas personas cisgénero. Un verdadero cóctel delictivo del cual «mejor alejarse».

En este punto nunca está de más aclarar que la prostitución, en muchos casos, no la elegimos. Es la única alternativa a la exclusión familiar, escolar y laboral. Lohana Berkins fue echada de su casa a los 13 años de edad. Dejó su familia atrás, sus estudios y salió a enfrentarse al mundo real siendo apenas una niña. Desafortunadamente, hay muchas Lohanas en esta vida. Sin ánimos de cargar las tintas sobre las trabajadoras sexuales –otro sector constantemente atacado dentro del movimiento feminista–, en la realidad de las mujeres trans y las travestis, la prostitución dista mucho de ser una elección personal en la mayoría de nosotras.

El papel de los medios de comunicación

Quien no comprenda el rol que ejercen los medios en la construcción del «sentido común» de una sociedad, se pierde una pieza fundamental del rompecabezas político. Todes hemos crecido, en mayor o menor medida, siendo espectadores de películas, programas de televisión e incluso publicidades donde desfilaba el machismo con estereotipos, roles de género y, por supuesto, la relegación de la mujer a un segundo plano hipersexualizado. Los hay hasta nuestros días. Pero si nos remontamos unas décadas atrás, el nivel de machismo presente nada más y nada menos que en la comedia –donde se suelen naturalizar con mayor facilidad este tipo de violencias–, es extremadamente repulsivo.

Durante mucho tiempo se adoptó como recurso la interpretación de personajes femeninos por varones cisgénero a modo de parodia –y ojo, no confundir esto con la cultura Drag–. Esta forma concreta de «hacer humor» y el enfoque que le otorgaban derivó en una estigmatización feroz de las mujeres trans. Pero no solo era netamente transfóbico, sino también misógino. Se utilizaba a lo travesti como objeto de burla a la vez que se ridiculizaba el rol de la mujer cis. Dos pájaros de un tiro.

Sin una representación verdadera de nosotras en los medios de comunicación, la invisibilización/marginación de nuestras identidades, los prejuicios machistas y la supremacía del discurso biologicista –el mismo que hasta el año 2018 consideraba a la transexualidad un trastorno mental–, ¿qué otra imagen podría formularse de las mujeres trans si no es una misógina ridiculización de la mujer cisgénero? Siendo víctimas de las violencias que ya conocemos (física, verbal, psicológica, económica, etc.) ejercidas por hombres cis, sumado a la desinformación sobre nuestra realidad cotidiana, es común que las mujeres cis nos hayan visto durante tanto tiempo no como sus pares sino como victimarios. Pero la realidad actual exige una deconstrucción de esos preceptos.

Tiempos modernos

La aparición de voces verdaderamente trans y travesti en los últimos años sirvió para visibilizar y contraponer al estigma nuestro propio discurso. Ahora somos nosotres quienes hablamos por nosotres y nuestras identidades. Hemos ido conquistando espacios antes impensados para una travesti/trans, donde se pone de manifiesto la carencia argumentativa del discurso transodiante. No existe un modelo único de ser trans como tampoco existe un modelo único de ser cisgénero. Figuras como las de Flor de la V y Lizzy Tagliani en el mundo del espectáculo, Diana Zurco en el periodismo o inclusive Mara Gómez en el fútbol –deporte masculino por antonomasia–, contrastan la imagen estereotipada y hegemónica de la travesti/mujer trans desvivida únicamente por el rosa y el maquillaje.

Hoy en día, incluso la misma ciencia que se encargó de negarnos, nos avala y entiende el sexo ya no como un binario estático en Hombre-Mujer, sino como un espectro mucho más amplio y complejo. Afirmar que una mujer trans no es una verdadera mujer o que «se cree mujer por ponerse tetas» no solo implica un desconocimiento total de lo que es la identidad de género, sino que expone la verdadera misoginia de ese discurso al reducir a las mujeres a un par de senos. O, en su defecto, a una vulva.

Todas compañeras (y compañeres)

Como ya nos enseñó Simone de Beauvoir (1949): «No se nace mujer, llega una a hacerlo». Compartir el discurso reaccionario que declaman quienes defienden permanentemente el statu quo anti derechos solo contribuye a seguir reproduciendo las mismas lógicas opresivas de las que se nutre el patriarcado. Debemos comprender de una vez que todas somos compañeras. Todas padecemos este sistema que nos relega, nos invisibiliza, nos abusa, nos viola, nos mata. El enemigo está ahí afuera y nos quiere divididas porque sabe que juntas somos invencibles. No se va a caer, lo vamos a derribar, pero para ello hay que dejar de sostenerlo. El feminismo es con todas y todes, o no será.


Imagen de portada: Malena Blanco Barrientos.


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