Llorar por cosas buenas

Un comentario

Colaboración escrita por Micaela Abdala


Llevate los autitos, me dice mamá. Según ella, el tiempo pasa más rápido si tengo algo para jugar, pero para mí es lo mismo, porque no me gusta estar encerrado en el quincho. Entra mucho sol por las ventanas y si cierran las puertas me muero de calor. Más ahora en verano y sin pileta. Además mamá sabe que nunca juego, siempre estoy parado, apoyado contra la puerta viéndolos mover la boca y hacerse señas con las manos. Ellos saben que yo los miro. 

Soy como un pollo cocinándose adentro de un horno, pienso y me río. Eso debe ver un pollo cuando yo me acerco a mirar por la ventanita si ya está listo para comer. Me río tan fuerte que parece que me escuchan, porque papá me señala y los dos me miran. Mamá está llorando, como siempre, seguro papá la retó por encerrarme y tiene razón, ¿cuál es el secreto tan grande que guardan como para mandarme al quincho? Veo que él le levanta la mano y mamá mira para donde estoy yo como diciendo «Esto es lo que les pasa a los que se portan mal».

Que se haga hombre, grita papá, lo dice tan fuerte que yo puedo escucharlo desde donde estoy. No sé qué quiere decir con eso, deben ser cosas de grandes y yo no me tengo que meter, así que agarro los autitos y me pongo a jugar. Me estoy haciendo pis pero tengo que aguantar, porque si salgo me van a retar y sé que en un rato mamá va a venir. Yo odio estar acá, pero cuando viene a buscarme es mi parte favorita, porque después vamos a tomar un helado o a la plaza y estar conmigo a mamá la pone contenta.

La veo cruzar el patio, viene llorando y tiene el brazo rojo, como cuando yo me rasco las picaduras de los mosquitos. Abre la puerta y me abraza fuerte.

—¿Por qué lloras mamá? —le pregunto.

—Porque te amo mucho, hijo —me dice.

No entiendo mucho su respuesta.

—Pero eso es algo bueno —le digo.

No me contesta. Me sigue abrazando y yo también lo hago. Tengo que hacerlo, porque está llorando por mí y eso me pone mal. Yo también la amo mucho, pero no me dan ganas de llorar por cosas buenas.

Quiero que esté feliz así que antes de que me diga qué hacer, voy a bañarme, como hago siempre que me viene a buscar. Entro a casa y papá no está, casi nunca está. Cuando él y mamá hablan, se va y vuelve por la noche. No lo veo, porque siempre me obligan a acostarme temprano y encerrarme en la pieza. Pero yo los escucho. Encerrado, otra vez, pero no me molesta porque a esa hora me da sueño.

Nancy nos pasa a buscar para ir al parque y cuando mamá la ve, corre a abrazarla. Veo que empieza a llorar otra vez y me pongo celoso. Si llora es porque también la ama, seguro más que a mí, porque se conocen desde antes de que yo naciera. Es su mejor amiga, iban a las escuela juntas. Yo también quiero que Felipe sea mi amigo cuando seamos grandes.

A papá no le cae muy bien Nancy, a veces se refiere a ella como «la trola esa». Creo que es algo malo, porque mamá siempre le dice que no diga eso. Seguro Nancy sabe, porque no viene mucho a casa cuando está él. A mí no me importa lo que sea ser trola, porque ella es como una tía para mí y siempre me regala cosas y la hace reír a mamá.

—¿Cómo anda mi hombrecito preferido? —me pregunta Nancy cuando la suelta—. Mirá lo que te traje.

—No soy hombrecito, soy Francisco —le respondo y agarro la bolsa de caramelos.

Se ríe y me despeina.

—Decí gracias, Pancho —me dice mamá—, y caminá adelante que con la tía tenemos que hablar.

Corro hasta la esquina y cuando llego la miro para que me deje cruzar la calle solo. Le grito que no viene ningún auto y me hace señas para que siga.

Es domingo, hace más calor que en el quincho y el parque está lleno de chicos para jugar. La veo a Juana subiéndose a la hamaca y cuando me ve me llama para que vaya. También los veo a sus papás, que están tomando mate sentados, riéndose. En un momento el papá la abraza y le da un beso en la boca y yo miro para otro lado. Me da asco, por suerte en casa no tengo que ver eso.

—Hola, Fran —me dice Juana.

—Hola. Tus papás se están besando —le digo y me subo a la hamaca que está al lado.

Juana se da vuelta para mirarlos.

—Siempre se dan besos —me responde—. Cuando yo sea grande quiero un novio como mi papá.

Lo que dice suena raro pero no le respondo. Tomo envión para ir rápido y llegar más alto con la hamaca. Tan alto que siento que estoy tocando las nubes con mis pies.

—¿Por qué llora tu mamá? —me pregunta Juanita.

La miro y veo que Nancy la está abrazando otra vez. Es la única que llora en la plaza y me da un poco de vergüenza porque no sé qué le pasa.

Me bajo de la hamaca y, escondiéndome entre los árboles, voy hasta donde están para ver si puedo escuchar algo de lo que hablan. Juana grita mi nombre y le hago señas para que se calle. No quiero que se enteren de que las estoy espiando. Nunca me dejan escuchar lo que hablan porque dicen que son cosas que no entiendo, me tratan de tonto.

—A mí no es la violencia lo que me preocupa —le dice mamá llorando—, es el hecho de que por más que haga lo que haga no puedo dejarlo.

—Escuchame, flaca —le dice la tía—. Esto no va para más. Ahora sos vos, mañana es Pancho y la próxima no la cuentan ninguno de los dos. 

Presto más atención cuando escucho mi nombre.

—Pero yo lo amo —le dice mamá.

Nancy le contesta que eso no es amor y yo salgo de mi escondite antes de que se den cuenta y vuelvo con mi amiga.

—¿Y? ¿Por qué llora? —me pregunta.

—Porque ama mucho a mi papá —le respondo.

—¡Ahhh! ¡Pero eso es algo bueno, tonto! Se quieren como mis papás —me dice y vuelve a subirse a la hamaca.

Yo los vuelvo a mirar y ahora la mamá de Juana está leyendo con la cabeza apoyada en las piernas del papá, mientras él le acaricia el pelo y la mira todo el tiempo. No estoy muy seguro de que mis papás se quieran igual que ellos, como dice Juana.

Mamá me grita para que vaya a donde está ella. Nos vamos, dice. Yo saludo a mi amiga y le prometo que el domingo que viene voy a venir a la misma hora para que juguemos. Me dice que me va a esperar en las hamacas con una sorpresa y yo ya quiero que llegue ese día. 

—Vamos Pancho, apurate que tengo que hacer cosas en casa —me dice mamá.

—¿Y Nancy? —le pregunto mientras caminamos.

—Se fue, pero en un ratito la vemos —me contesta y me da la mano para cruzar la calle.

Me tironea para caminar y llegamos súper rápido. Cuando abre la puerta me dice que la abuela está enferma y que nos vamos a ir unos días a la costa para estar con ella y que se sienta mejor. Yo me pongo feliz, estamos de vacaciones y la playa me encanta. Además hace mucho no veo a la abuela, ya no me acuerdo ni de su cara.

Prepara dos valijas grandes y una chica donde pone todas mis cosas, está apurada porque no dobla nada de lo que guarda, las hace un bollo, como hago yo cuando me saco la ropa.

—¿Puedo llevar la pelota? —le pregunto.

—Sí, mi amor, pero apurate  —me responde—. Y traé también las cosas de la escuela.

No sé por qué quiere que lleve los libros. Estamos de vacaciones y yo no quiero practicar cuentas, todavía falta para volver a clase, pero igual le hago caso y pongo todo en la mochila.

—¿Y las cosas de papá quién las prepara? —le pregunto.

Está arrodillada frente al mueble revolviendo papeles y metiéndolos en una carpeta. Saca la billetera, cuenta plata y mete todos los collares y los aritos en una bolsa.

—¿Ya tenés todo? —me pregunta.

—Sí, ¿y papá? —le repito.

—Papá no viene ahora, tiene que trabajar.

Pobre, pienso. Se va a perder ir al mar y armar castillitos conmigo.

—¿Le podemos dejar una notita? —le pregunto.

—No, Fran —me responde enojada—. Yo después lo llamo y hablo con él.

No pregunto más nada. No quiero que se enoje conmigo. Ya lloró mucho en el día y no quiero volver a verla llorar. Espero sentado en el living mientras termina de acomodar las cosas. Afuera está oscuro, papá tiene que estar por volver y aunque no voy a llegar a decirle chau, estoy contento porque es la primera vez que voy a viajar de noche. Nunca estuve despierto hasta tan tarde.

Afuera se escuchan bocinazos. Me asomo por la ventana y veo a Nancy abriendo el baúl.

Le grita a mamá que se apure y ella abre la puerta con todas las valijas y corre.

—Vamos, vamos —me dice y mira para todos lados.

Subimos al auto y mamá saluda a la casa como hace siempre que viajamos, pero esta vez se pone a llorar. Nancy la abraza como hoy a la tarde. Flaca, pensá en el nene, le dice.

Mamá me mira triste y me da la mano desde el asiento de adelante. La tía arranca y yo miro cómo nuestra casa se hace chiquita. Estoy contento. No hay nada que quiera más que ya estar jugando en la arena, aunque me hubiese gustado avisarle a Juanita que el domingo no voy a llegar.

Imagen de portada: Gabriel Abdala


¿Te gustó la nota?

Invitame un café en cafecito.app

Singular: 1 comentario en “Llorar por cosas buenas”

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s