¿En manos de la Justicia? Luna: una década sin respuestas

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Artículo colaboración escrito por Valentina De Rito


Luna no tenía más de nueve años cuando denunció por primera vez a su progenitor por abusos sexuales. Nueve años: una edad para lo lúdico, la diversión y el descubrimiento del mundo. Una edad en la que la violencia no debería ser más que un concepto abstracto y lejano.  

En la vida de Luna la realidad fue otra. Para ella, sus nueve años marcaron el momento en el que comenzó a relatar las agresiones sexuales que vivía en manos de su padre, las cuales habían comenzado cuando no tenía más de seis años. De acuerdo a su madre, Yamila Corin, los primeros indicios de estos abusos no fueron verbalizados por su hija, sino que pudo inferirlos a partir de actitudes «erotizadas» que observaba en ella y también en los dibujos que realizaba: ilustraciones de penes, cuerpos descuartizados y un individuo muy similar a su padre.

Yamila, quien había sido víctima de violencia sexual en manos de ese mismo hombre, no vaciló. Llevó a su hija a varias consultas psicológicas y todos los diagnósticos llegaron al mismo lugar, a la confirmación que ninguna madre desearía tener que escuchar jamás: su hija Luna había sido víctima de abusos sexuales y su agresor era su padre.

La búsqueda de justicia comenzó inmediatamente. Yamila realizó la denuncia en 2011, a la espera de poder proteger a su hija para que quedase fuera del peligro de una figura que, paradójicamente, debería haber sido para Luna una fuente de cuidado y seguridad.

Mientras el tiempo corre

Han pasado 10 años, Lucía tiene hoy 19 años y todavía no se ha avanzado en lo más mínimo. Al comienzo, la causa se dilató por cuestiones burocráticas, los primeros meses se dirimieron en definir cuál jurisdicción (Provincia de Buenos Aires o CABA) debía quedarse con el caso. Finalmente, y tras un período de tiempo injustificadamente largo, la causa quedó asignada a la Fiscalía en lo Criminal y Correccional número 3 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Y allí se mantiene, sin avanzar.

La noticia del caso de Luna volvió a removerse en este último tiempo debido a que, a pedido de la Fiscalía, el Ministerio Público Tutelar de CABA realizó una pericia del expediente, señalando en el informe posterior al peritaje que los dichos de Luna se encontraban contaminados. En el mismo documento, a su vez, se hace alusión al Síndrome de Alienación Paternal (SAP): una supuesta teoría pseudocientífica a partir de la cual se plantea que los dichos de niñes y adolescentes son falsos, en la medida en que se los implantan sus padres y/o madres.

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Ahora bien, el SAP reúne varios problemas y cuestiones que es preciso detallar. En primer lugar, si bien lleva el nombre de «síndrome», no se encuentra anclado a ningún sustento científico per se. Su creador, un psicólogo estadounidense llamado Richard Gardner, jamás presentó estudios que permitiesen sustentar su teoría.

Desde la comunidad científica se ha rechazado sistemáticamente al SAP, al punto de nunca incluirlo en ningún manual de diagnósticos mentales. Y, aunque no es más que un dato de color, no deja de ser llamativo que Gardner fue acusado de pedofilia y se suicidó en 2003, sin haber dado jamás muestras que permitiesen modificarlo y/o siquiera considerarlo como un trastorno o patología existente.

El SAP supone dos cosas: en primer lugar, la desacreditación constante de los relatos de niñes y adolescentes, deslegitimando y obstaculizando la posible protección de elles. Y, en segundo lugar, supone una praxis misógina, ya que la mayoría de las veces es a las madres a quienes se acusa de implantar los dichos de sus hijes, justificando que lo hacen para alejarles de sus padres y quedarse con la tenencia.

Es decir, se ignora a les menores y se culpabiliza a las mujeres, estigmatizándoles y poniendo en duda aquello por lo que acuden a buscar ayuda. Ayuda que no solo no consiguen, sino que, en el proceso de intentar conseguirla, se les violenta.

¿Cómo sigue el caso?

Luna fue víctima de abuso sexual desde los seis hasta los nueve años, momento en el que su madre emitió la denuncia y se dio inició a la investigación. Ella fue llamada a declarar ocho años después, siendo ya una adolescente de 17 años. La cita fue cancelada tres veces y recién pudo dar declaración en octubre del pasado año 2020.

En ese momento, se pidió una indagatoria y la Fiscalía de la Ciudad ordenó un nuevo peritaje, ¿a quién? A Luna, la única a la que se le han ordenado las pericias una y otra vez. Porque su relato ha sido dilatado, cuestionado y deslegitimado, pero las pruebas de sus agresiones le son solicitadas de forma intermitente.

Esto no es algo nuevo, ni particular al caso que aquí compete: las mujeres víctimas de violencia de género saben que, al momento de realizar una denuncia por abuso, agresión y/o violencia sexual, sean estas psicológicas o físicas (o ambas) el foco será puesto en ellas. Se les ordenarán exámenes médicos, evaluaciones psicológicas y repasos inagotables de los hechos ocurridos, buscando huecos en los mismos o indicios que permitan inferir que la mujer miente.

Las justificaciones con las que se nombra a esto varían según el caso: personalidad fabuladora, estrés postraumático, recuerdo contaminado, resentimiento, venganza, intento de llamar la atención. Si a ello se le suma el SAP, como en el caso de Luna, es posible agregar otros: vivencias trasladadas, disputas entre los progenitores, madre alienada o trastornada mentalmente.

Trauma. Alienación. Estrés. Fábula. Mentira, mentira, mentira. Los relatos de las mujeres no ingresan contaminados a los recintos judiciales, se los contamina en ellos, buscándoles fallas o intersticios por donde podría colarse una farsa que permita deslegitimar el relato y mantener al agresor lejos de cualquier potencial castigo.

Porque bien se sabe que, en la mayoría de los casos de violencia sexual que son llevados a la Justicia, lo que raramente llega es la resolución, un veredicto que permita condenar al perpetuador de dicha violencia y brindarle protección, no solo a la mujer agredida sino a otras mujeres que pueden llegar a ser víctimas de él. No. En su lugar, lo que se da es un perpetuo cuestionamiento a las mujeres, sea en su rol de madres de las víctimas o de víctimas en sí mismas.

Una re-violentación que es constante, en la medida en que una y otra vez se les pide que brinden pruebas de lo padecido, obligándolas a remover recuerdos angustiantes y dolorosos. No se juzgan las violencias cometidas por el agresor, se juzga a las víctimas y a todo lo que las conforma: sus relatos, sus hábitos, sus silencios, sus costumbres, sus entornos, sus vínculos, lo que hicieron y lo que no, lo que fueron, lo que no fueron y lo que deberían haber sido para evitar que les pase lo que les pasó.

A Luna la han puesto en ese lugar decena de veces. Se la ha desacreditado siendo niña y se la ha ignorado siendo adulta. A diez años de la primera vez que su madre decidió romper el silencio para buscar justicia, no hay condena, ni juicio, ni veredicto. Y la única respuesta que se ha brindado es rotular el caso de Luna con un síndrome sin sustento científico que deslegitima su palabra y acusa a su mamá de manipuladora y mentirosa.

El caso de Luna, como tantos otros, no solo ilustra la falta de perspectiva de género en el ámbito jurídico, exhibe, a su vez, lo necesario que es incorporarla cuanto antes. Como ella, son incontables las mujeres y niñas que han acudido a la Justicia en busca de asistencia y han vuelto a sus hogares con las manos vacías y el miedo pegado a la piel. Y, como Luna, son muchas a las que les hacen replicar hasta el agotamiento los mismos procedimientos burocráticos que implican relatar una y mil veces los abusos vividos, hasta el punto en el que muchas se preguntan si realmente vale la pena continuar con las causas.

Muchas veces, cuando una mujer realiza una denuncia, una agresión padecida, parte del backlash que recibe se sintetiza en una única pregunta acusatoria y dolorosa: ¿Por qué no denunció antes? Luna tenía nueve años cuando acusó a su padre por abuso. Luna tiene 19 hoy y sigue peleando para sostener la indagatoria y que el delito no prescriba. Han pasado diez años. Si de cuestionar se trata, en todo caso, lo importante es hacer las preguntas correctas. Esta podría ser una: ¿Por qué aún no obtuvo justicia?


Fuentes:


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